Pasión y compasión

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La palabra pasión, aunque con un significado y una etimología relacionada con algo perturbador (procede del latín, passio y ésta de pati= sufrir,  y está también en relación con la palabra griega πάθος  o páthos= sufrimiento), sin embargo esconde un deseo que es motor de nuestra vida. El deseo firme y persistente, pese a las adversidades y vicisitudes de la vida, es fundamental para el bienestar y felicidad; esta es la pasión que nos lleva a desarrollar comodidades o tecnología en la vida, a luchar por objetivos personales y colectivos y, en definitiva, al desarrollo de la sociedad y del ser humano. Sin embargo, la vida también requiere de una compasión con los sinsabores que afectan nuestro día a día. La compasión con uno mismo integra un sentimiento de ternura y una actitud de aceptación amable ante las adversidades vitales, así como un compromiso contigo y con los que te rodean.  La pasión sin compasión genera turbulencias anímicas y desasosiego;  la pasión junto con compasión, estabilidad anímica y fuerza mental.  Desarrollar pasión más compasión por algo es la mayor fuerza motivadora que nos lleva a descubrirnos y a extraer nuestro potencial. No importa en qué tengas pasión compasiva; puede ser en cultivar un huerto, en practicar un deporte, en ejercer una profesión, en desarrollar una destreza etc. Lo importante es conectar con la pasión y la compasión; todo lo demás, incluido el éxito, viene por añadidura.

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Sumisión y apaciguamiento de la agresividad: la aceptación de responsabilidades

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En la vida se cometen errores y, sean tanto intencionales como involuntarios, llevan asociados consecuencias importantes. Dichas consecuencias pueden provenir de decisiones de uno mismo o de otros. Asi, cuando hemos incumplido nuestros compromisos, otras personas pueden excluirnos de sus proyectos futuros, o bien uno mismo puede apartarse de los demás en señal de aceptación de responsabilidades incumplidas, o ponerse a disposición de los demás para reparar los efectos de los errores cometidos o para sufrir perjuicios como los que él ha causado. En estos días se ha hecho público el escándalo financiero-contable que implica al Presidente y a parte de la cúpula directiva de la compañía japonesa Toshiba. Hisao Tanaka, presidente de la compañia, ha pedido perdón de forma ritual-simbólica inclinándose hacia delante, mostrando respeto y reconociendo su responsabilidad por una falta grave. Este gesto simbólico, semejante al que muchos animales y muchas culturas emplean como gestos de sumisión o apaciguamiento de agresividad, implica visualmente el dejar descubierta la parte más frágil de ellos mismos (el cuello) y, por lo tanto, podrían ser dañados o eliminados por otros. Simbólicamente, implica una dualidad interesante. Por una parte, acepto que soy responsable y me someto a las consideraciones, decisiones y consecuencias que la parte perjudicada decida; y por otra, solicito clemencia, benevolencia y compasión, inclinándome y exponiendo la parte más frágil y cuya lesión puede ser letal. Tal como ha señalado el etólogo austríaco Irenäus Eibl-Eibesfeldt en su libro Amor y Odio, podríamos decir que hay unas raíces biológicas-etológicas de las normas éticas. Los problemas de convivencia surgen cuando intentamos negar o actuar en contra de estas normas adquiridas filogenéticamente. Probablemente, el narcisismo y la poca tolerancia a la frustración y al dolor, lleva a una ofuscación constante en los errores y en actitudes despóticas o mal reguladas.

Practicar ritos de sumisión y apaciguamiento cuando hemos cometido un error, genera una mayor confianza interpersonal y favorece una regulación “natural” de la sociedad más allá de las normas, muchas veces caprichosas, impuestas por los políticos. La crispación y agresividad destructiva debe ser canalizada y apaciguada por distintos ritos. Es importante que la educación y la cultura incorporen y promuevan estos gestos sociales -en cada cultura con sus peculiaridades o idiosincrasia-, más allá del castigo y de la persecución y/o exterminación de nuestros congéneres. Así ganamos todos y no nos exterminamos los unos a los otros. Creo que merece la pena. Empezar por uno mismo es el primer paso, ¡adelante!

La gestión de la basura y desechos en nuestra personalidad e identidad

Basura-menteDentro de nuestra Personalidad existen aspectos-rasgos propios ligados a una “(s)elección” personal-temperamental, pero así mismo existen otros rasgos-aspectos que no son de uno mismo, sino son solamente elementos proyectados o transferidos por otros. La mente tiene unos filtros que muchas veces dejan pasar todo tipo de “basura” y otros contenidos más adaptativos y se van haciendo un hueco importante dentro de uno mismo. Así se constituyen elementos de la propia Personalidad e identidad personal que, en sentido estricto, no pertenecen a uno mismo. La basura psicológica puede entrar en nuestra personalidad e identidad de varias formas:

1) Por la educación recibida de nuestras figuras de referencia: maestros, padres, modelos sociales, etc.
2) Por influencias de los grupos de nuestro entorno: grupos sociales de identificación tales como partidos políticos, tribus urbanas, asociaciones, grupos religiosos, grupos ideológicos, etc.
3) Por la experiencia de actos sociales con alta carga emocional-simbólica como ritos de iniciación, experiencias de desindividuación y que pueden estar o no mediadas por la ingesta de drogas.

Indudablemente, estas formas de penetración en la identidad y en la personalidad pueden ser beneficiosas ya que también elementos “positivos” pueden entrar de igual forma. El optimismo, la determinación o la amabilidad, por ejemplo, son aspectos saludables que son bienvenidos si se transfieren desde nuestro entorno a nuestro mundo interno. El problema surge cuando de forma indiscriminada todo penetra en nuestra Personalidad e identidad. Es como si una persona se intoxicase con una droga sin darse cuenta y presente en un aire que, aunque tiene oxígeno, está contaminado, y cuando lo percibe suele ser tarde y el tóxico ya forma parte de uno mismo. En ese momento, las personas suelen reaccionar virulentamente intentando expulsar todo lo que no es propio de uno de forma compulsiva y agresiva. Con este procedimiento, puede ocurrir que a veces áreas sanas también se expulsen de uno mismo. Por ejemplo, esto es visible cuando una persona ha estado sujeta a procesos de coacción, adoctrinamiento, maltrato o presión psicológica de forma continuada. En el momento que es consciente de ello reacciona de tal forma, que destruye los “buenos” vínculos que es capaz de establecer y se cierra en sí misma o se convierte en una persona hiperalerta e hipersensible que reacciona excesivamente rápido e intenso ante cualquier elemento del entorno, incluso positivo. Por todos estos condicionantes, al enfrentarnos con la basura psicológica depositada en uno mismo, se requiere de un cierto mimo y delicadeza con uno mismo. Entre este trato amable con uno mismo podemos sugerir las siguientes recomendaciones:
1) Es mejor desintoxicarse psicológicamente de forma lenta que rápida. Aunque tengas gran ímpetu en eliminar la basura, hazlo despacio, sin atropellos. Si eliminas algo, puedes tener como una reacción abstinencial ante la ausencia de una droga.
2) No obstante, apártate de la fuente tóxica. Si has identificado aquello que está dentro de ti y te ha mantenido maniatado/a o abducido/a, retírate del entorno donde esté. En caso de que eso sea imposible, toma medidas para no dejar introducir más basura psicológica. El saberlo, por sí sólo, suele ser muy eficaz para impedir que entren más elementos nocivos.
3) Conserva lo bueno que ves dentro de ti, aquello con lo que te has sentido y te sientes cómodo/a.
4) Mantén una actitud de aceptación asertiva de las experiencias vitales: explora tu relación con el entorno y muestra un sí a lo que ves/sientes apropiado y un no a lo que ves/sientes perjudicial o tóxico.
5) Desarrolla lo que necesitas o quieres para ti, sin intentar destruir lo que ves negativo dentro de ti. Enfocar la mente en algo adecuado para ti es el mejor antídoto para la desaparición de los elementos basura que forman parte de tu identidad.

“No hacer nada o dejar de hacer algo” ante la angustia y sufrimiento vital

Cuando tenemos problemas que inundan nuestra vida y, con frecuencia, nuestra mente, surge la necesidad de resolverlos o darles soluciones eficaces. En la cultura del logro en la que estamos inmersos, las personas buscan con ahínco una salida o una solución a sus preocupaciones y a los desafíos vitales. Si algo nos molesta, la primera reacción automática es eliminar dicha molestia o ver la forma más rápida de huir o evitarla. La llamada sociedad del bienestar nos hace partícipes de que el dolor es un elemento al que debemos derrotar. Los farmacólogos, así pues, desarrollan fármacos de la felicidad, que desencadenan en unos segundos o minutos una sensación de relajación y de anestesia; los psicólogos y científicos del comportamiento diseñan métodos para producir efectos de relajación y de bienestar, como si sustuituyesen a los fármacos, y sin sus efectos secundarios. En general, esta filosofía curativa contra el sufrimiento y la angustia está presente en muchísimos otros profesionales sanitarios o para-sanitarios. Por otro lado, las nuevas tecnologías de la información, con internet a la cabeza, permiten a cualquier persona estar informado de todo y al instante; sólo es necesario saber dónde encontrar la información. Como resultado de esta mezcla de necesidad de soluciones inmediatas y del acceso a la información de forma masiva, la gente vive con un sentimiento de urgencia o inmediatez y con un conocimiento ya preformado. Los profesionales sanitarios en el ámbito psicológico nos encontramos, con más frecuencia, al paciente que dice saber lo que le pasa y saber lo que necesita; tan sólo buscan un profesional que les diga cómo se hace una determianda técnica, o que le dispense una determinada medicina.

La información no es sólo importante, sino fundamental, para las personas. Pero no sólo importa el contenido, sino también el continente y la forma en que se transmite dicha información. Cuando alguien experimenta angustia, ansiedad, pensamientos incesantes, necesidad de control en su vida, desesperación con una actividad frenética compensatoria, puede creer que su problema es que no hace lo suficiente y/o lo apropiado para solucionar su problema. De ahí que, en ocasiones, las personas que sufren, busquen más soluciones en internet y consulten a una gran cantidad de expertos o gurús famosos, a priori en posesión de la luz y el conocimiento necesarios para que sean felices. Cuando encuentran lo que consideran ideal, practican métodos muy sofisticados – lo último de lo último-, y tienen una sensación subjetiva de que están haciendo lo correcto, sintiéndose satisfechos, aunque a veces, agotados por el esfuerzo. En algunos casos, dependiendo del maestro o profesional con el que se hayan encontrado, aprenden que la solución no es el de hacer más cosas o actividades, sino el de aprender a dejar de hacer algo. Muchas veces, el no hacer nada es el aprendizaje más poderoso ante las experiencias de angustia y dolor. Aunque parezca una contradicción, “no hacer nada o dejar de hacer algo” es hacer algo psicológicamente. “No hacer nada” no quiere decir quedarse cruzado de brazos. Implica un proceso mental que consta de los siguientes pasos: (1) tomar conciencia de qué hace uno de forma automática; (2) no evaluar ni interferir con el proceso de respuesta automático (actitud de espectador) o, en otras palabras, “invitarse” a uno mismo a no hacer nada ante ese automatismo o necesidad de hacer algo y; (3) experimentar y explorar los sentimientos que se van presentando en ese estado de no hacer nada.