Naturalidad

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Encontrarse con una persona que se muestra de forma natural, sin artificios adicionales y  sin clichés y máscaras sociales, es un disfrute. Es una experiencia semejante a la que nos encontramos con niños de hasta tres, cuatro e incluso más años, cuyo desparpajo nos asombra, nos divierte y nos enseña. Con el paso del tiempo, sin embargo, la socialización que incluye los modelos parentales y las costumbres o normas culturales aceptadas va poco a poco presionando a esa naturalidad hacia su inhibición u ocultamiento. Así en la edad adulta, las personas muestran una mayor rigidez, que no consistencia, en su manera de expresarse y ser en muchos ámbitos, como el familiar, social, laboral o incluso en el más privado o íntimo.

Respetarse a uno mismo y a los demás, mostrándonos de forma natural en nuestro necesario proceso de socialización es un reto desde que nacemos hasta que morimos. Para expresarse de forma natural, no hace falta ni ser excepcional, ni intentar deslumbrar a nadie. Sí es recomendable encarar la vida y el ser uno mismo como un descubrimiento, más que como un logro o consecución. Ser natural está asociado al descubrimiento incondicional de uno mismo y a la sorpresa, entre todas las rutinas y normas sociales con las que convivimos. Es esta capacidad de sorprender un poder capaz de penetrar en lo más profundo de las personas, aportando sosiego estabilidad y confianza tanto en el que sorprende como en el sorprendido.

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Valor, confianza en uno mismo y equilibrio

“Confía en ti mismo”, “ten una alta autoestima”, “confía en tus capacidades”, “vete a por todas”o “a por la victoria”, son dichos que la gente considera importantes para tener éxito. Incluso, se han convertido en autoafirmaciones, a modo de mantra, que las personas se dicen a sí mismo o exteriorizan en diferentes situaciones de la vida. Tenemos multitud de ejemplos de interjecciones, gritos y onomatopeyas que los guerreros utilizaban (y utilizan) antes del combate o batalla:¡¡ Abú!!, por parte de los guerreros celtas, queriendo decir “hasta siempre o hasta la victoria”; ¡¡Alala!!, muy similar a Hallelujah, grito de júbilo, utilizado por los guerreros de la Antigua Grecia; ¡ Banzai !, grito  utilizado por los pilotos japoneses kamikazes durante la Segunda Guerra Mundial, con un significado de “¡viva!” o literalmente “diez mil años”. Estos gritos que ejemplifican el valor, permanecen en nuestros días, por ejemplo entre los deportistas, con expresiones tales como ¡vamos! La interiorización del valor y de sus manifestaciones está relacionada con la experiencia interna de la confianza en uno mismo o con la convicción. Cuando alguien confía en sí mismo, reexperimenta internamente estos gritos y onomatopeyas, armándose de valor en situaciones complicadas o estresantes. La exteriorización pública de estas frases probablemente esté ligada a la cultura; las culturas más orientales, menos expresivas hacia fuera y dirigidas hacia el mundo interno, expresan su confianza y valor de forma más encubierta.

El valor y la confianza, elementos fundamentales en nuestra vida,  necesitan un contrapeso para equilibrar los desajustes de un exceso de ambos. El exceso de confianza en uno mismo lleva a la soberbia y a la desconsideración narcisista; el exceso de valor lleva a la temeridad a uno mismo y a otros. Un punto de equilibrio es apropiado: confiar en uno mismo sin desvariar y avasallar, abierto a ideas y respetuoso con los demás, y tener valor, siendo consciente del riesgo y de las emociones y consecuencias asociadas. Los factores de equilibrio o de regulación son los más difíciles de encontrar en nuestra sociedad, ya que suelen ser los últimos en desarrollarse. Así, cuando alguien experimenta éxito desbordante, no quiere saber y/o no suele tener idea, ni de la caída que puede tener, ni de las consecuencias adversas de lo que hace. En nuestra educación aprendemos a tener éxito, a competir, a esforzarnos, a ganar, incluso a perder; pero difícilmente, nos enseñan a desarrollar la modestia, la humildad o el respeto. Suele ocurrir, que la vida nos da una lección sin nosotros buscarla; es, entonces, cuando nos interesamos por estos elementos reguladores de nosotros mismos. Finalmente,  te das cuenta de que tu poder es inmenso, sí, tienes confianza y valor; pero tu poder es una gota insignificante en un océano. Es la paradoja de ser todo y ser nada al mismo tiempo; ese es el punto de equilibrio.

Generando vínculos saludables

Algunas personas que padecen situaciones dolorosas en su vida, desarrollan posteriormente un síndrome de desvinculación social. No desean conocer a nadie y evitan el contacto social al máximo; refieren que las personas, incluso cercanas, muestran una doble cara y que, por ello, han sido engañados. Ellos se han entregado al máximo en las relaciones interpersonales, con toda su inocencia, dándolo todo; y, sin embargo, al final, sus “amigos” les han defraudado, retirándoles el apoyo, la amistad e, incluso, perjudicándolos en todo lo que hacen. Desde estas experiencias, desarrollan un estado de profunda decepción y desconfianza, que les lleva a minimizar, o a eliminar por completo, el contacto social. Tienen un sufrimiento y una ambivalencia en el vínculo, deseando por una parte, relacionarse con los demás; pero, por otra parte, tienen miedo a que les hagan daño, y no pueden vincularse a otras personas. Muchas veces, son personas solitarias, que no buscan ayuda- no esperan poder ser ayudados-, que se refugian en sí mismos, y desvían su necesidad de vinculación personal, a otras actividades. En los mejores casos, se desvían a actividades biófilas, como el cuidado de animales o plantas; en otros, reniegan incluso del contacto con lo vivo, y se centran en actividades tanatófilas como el uso de computadoras y tablets, máquinas que les generan una realidad virtual sustitutoria; y, en otros, hay comportamientos impulsivos, inestables, o agresivos, con una sensación de vacío y de sufrimiento ante el contacto con los demás. En cualquiera de estos casos, la capacidad para vincularse  a otras personas, de forma sana, ha sido dañada o alterada.
Generar vínculos saludables es una tarea que, en cualquier caso, se compone de tres fases:
a.- Sentir e identificar en uno mismo el miedo y otros sentimientos al vincularnos con los demás, y cómo éstos nos atenazan o nos llevan al aislamiento
b.- Explorar los vínculos con los demás, como si de un taller de aprendizaje se tratase. Es decir, ver, sentir y reconocer sensaciones internas al vincularse, distinguiendo diferencias, sin hacer valoraciones o críticas racionales, generalmente basadas en nuestros prejuicios. Con unas personas nos encontraremos cómodos, con otros inquietos, o intimidados, etc…El rango de sensaciones internas es muy amplio.
c.- Desarrollar confianza en los vínculos. De entre todos los vínculos, seleccionar aquellos apropiados para nosotros, desde el criterio experiencial (qué vínculos producen buenos efectos en nosotros y en los demás); y reexperimentar vínculos sanos con otras personas.
Pasar de un estado de desvinculación a la generación de vínculos sanos es algo que cuesta, por las reticencias a la apertura de las personas que han sufrido vínculos perjudiciales. A veces, es imprescindible un proceso psicoterapéutico, donde las personas puedan empezar a explorar nuevos vínculos en un contexto seguro y que les facilite confianza en ellos mismos.