Autocentramiento

Un concepto interesante y relacionado, en cierta forma, con el narcisismo, es el autocentramiento. Se trata de la tendencia a focalizarse o centrar la vida en uno mismo, independientemente de los deseos y necesidades de las personas del entorno. Focalizarse en uno mismo es saludable e importante para desarrollarse y mejorar, pero claro está, sin perder la perspectiva sobre donde está uno. El autocentramiento se produce en personas, pero también en grupos, algo que por ejemplo puede suceder en partidos políticos, sindicatos, sectas, grupos religiosos o en nacionalismos excluyentes; en los grupos hablaríamos de autocentramiento social. La focalización en uno mismo contiene varios procesos integrados:

1.- Tomar conciencia de uno mismo, es decir nuestras capacidades, recursos, virtudes y defectos, y de la situación o entorno circundante.

2.- Desarrollar las virtudes, facultades o actitudes necesarias para la propia autorrealización.

3.- Ver los defectos, errores y fragilidades de otras personas de nuestro entorno, como estímulos a nuestro desarrollo personal, minimizando sus consecuencias en nuestra vida

Focalizarse en uno mismo tiene riesgos para nuestro desarrollo personal. Uno de ellos es autocentrarse en un extremo tal, que la minimización de los aspectos negativos de los demás, se transforme en una actitud desconsiderada y, a veces, despreciativa, con el entorno. En este caso, aparecen comportamientos tales como:

       –  Crítica manifiesta o cínica (ocultamiento y/o sarcasmo) de los pensamientos, comportamientos o actitudes de otras personas.

        –“Olvidos” espontáneos sobre las peticiones o necesidades de los demás, centrándose en las necesidades de uno mismo de forma caprichosa.

       –  Conductas propositivas caprichosas para obtener provecho de los demás.

Autocentrarse de forma adecuada implica un punto medio, difícil de gestionar, por la presión de nuestros caprichos, ambiciones, expectativas, necesidades insatisfechas y deseos de prominencia, que chocan frecuentemente con el entorno. En el ámbito personal, el narcisismo es una forma extrema de autocentramiento elevado, mientras que el servilismo desvalorizante es la ausencia o intensa disminución de autocentramiento. El punto medio en el autocentramiento lo constituye una mezcla armoniosa de templanza, respeto, insolencia e interdependencia autónoma (mezcla de independencia y sociabilidad-afectuosidad saludable). Este cóctel bien integrado y proporcionado de  estas características produce el autocentramiento adecuado.  Dar con la proporción adecuada es nuestra tarea vital; autocentrarse óptimamente es como llevar explosivos y armas potencialmente dañinas, junto con elementos delicados y de gran valor, sin que nada se destruya. ¡Mucho ánimo!

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La omnipotencia narcisista

La presunción mesiánica y omnipotente de muchos dirigentes políticos y empresariales, de ser “el salvador” de un país, con frecuencia, esconde una ceguera o incapacidad para ver o percibir su propio dolor. El narcisismo muestra un sentimiento de ser único y merecedor de un trato exclusivo, por encima de los demás, escondiendo tras de sí fragilidad y desvalorización. Ser el centro exclusivo de atención, establecer relaciones interesadas carentes de empatía, verse como la solución mejor y única a todo, controlarlo todo, requerir atenciones fuera de lugar, o exhibirse como un ser superior portentoso, son formas comunes de mostrar el narcisismo. No obstante, también hay algunas formas de manifestación más sutiles que pueden pasar desapercibidas en un primer momento y que, generalmente, son reacciones narcisistas secundarias a procesos de desvalorización intensos. Es como una compensación a la desvalorización que no perciben en sí mismos. Estamos refiriéndonos a comportamientos con las siguientes características:

1) Establecimiento de una pseudoempatía, en la que hay un ocultamiento forzado de fragilidad personal que, no obstante, muestra de forma evidente con una vinculación interpersonal antinatural. Curiosamente, muestra una completa inconsciencia del efecto que causa a su alrededor. Por todo ello, no se relaciona con su entorno de manera franca y con apertura de emociones, ya que percibe que eso le dejaría en una situación de debilidad o inferioridad.
2) Preocupación excesiva por el mantenimiento artificial de su reputación, presionando o sugiriendo a las personas más cercanas para que oculten sus puntos débiles y muestren de forma sobredimensionada sus virtudes.
3) Sentimiento de que pueden con todo y se hacen cargo de cualquier situación
4) Sentimiento de que son mejores que los demás y que sus opiniones son las únicas para resolver los problemas
5) Difícilmente buscan relaciones de consejo o ayuda para resolver sus problemas, ya que su sentimiento de omnipotencia se lo impide. En cualquier caso, si lo hacen, es con personas de gran prestigio a las cuales terminan aconsejando tras un intercambio de opiniones, más que pidiendo ayuda. Estamos hablando, por lo tanto, de personas que les cuesta ser aprendices. No toleran la posición débil, por lo que en el caso de aprendizajes que no dominan, desisten, ya que les pone en una posición incómoda para su autoimagen
6) Establecimiento de relaciones instrumentales, muchas veces de forma automática e inconsciente, derivados de sus necesidades insatisfechas o frustraciones ante los impedimentos comunes de la vida. Esta instrumentalización de las relaciones puede originarse por la propia necesidad para llevar a cabo sus proyectos, considerando a las personas como instrumentos de ejecución, más que de organización o asesoramiento
7) Autopercepción sesgada, autoproclamándose como voces autorizadas y de prestigio, por encima de los demás, sin que exista ningún atisbo de duda o signo visible de carencia en ellos mismos.

El afrontamiento de la omnipotencia narcisista no siempre es posible de manera conciliadora. El celo por el control y la autopercepción con tintes delirantes que desarrollan, generan posiciones de enfrentamiento con el entorno. Para las personas que les rodean, la posición es difícil. La posición de inferioridad, si no implica excesivos perjuicios puede ser manejada con diplomacia; sin embargo, si las consecuencias implican perjuicios graves sociales, personales o económicos, la posición de enfrentamiento u oposición es inevitable. Cuando esto ocurre, hay varias posibilidades que, dependiendo de las particularidades del caso, son más o menos aconsejables:
1) Retirarse del proyecto o situación hacia otro, alejándose lo más posible de esta omnipotencia perniciosa, y acercándose a otras posibilidades más constructivas.
2) Enfrentamiento directo, contundente, sin vuelta atrás, y de forma pública. Sería como la actitud de un samurai, dispuesto a poner en peligro su propia posición y vida personal, algo que manifiestan abiertamente.
3) En caso de serio peligro, como puede ocurrir en regímenes dictatoriales, la “disminución voluntaria” puede utilizarse como método de emergencia para salvar la vida. El hacerse pasar por loco o enfermo ha sido utilizado como método de salvación, en regímenes totalitarios, esperando y buscando el momento apropiado para emerger de nuevo.
4) Enfrentamiento dual. Como dice el conocimiento popular: puño de acero con guante de seda. O como refieren algunas filosofías orientales como la Teoría del Tai chi : suave por fuera y duro por dentro. Esta estrategia mostraría una dualidad paradójica: por fuera, suave, relajado, amable, conciliador y flexible; por dentro, firme, duro, persistente, con duración y determinación irreversible hacia un objetivo constructivo.

Estas cuatro posibilidades esbozadas son elecciones posibles, entre otras muchas. Elegir adecuadamente es fundamental. Para ello es necesario tener en cuenta varios factores. Primero el conocerse adecuadamente; la omnipotencia narcisista puede ocurrir en cualquier persona, incluso en ti mismo, y puedes no apercibirlo. Segundo, estar en el estado apropiado de calma interior, cultivando tus virtudes y desarrollando tus puntos más frágiles. Tercero, elegir el momento y las condiciones adecuadas: toda acción puede ser más o menos efectiva, dependiendo de cuándo, cómo y dónde se lleva a cabo. Estos detalles, aunque no formen parte de la esencia de la acción, son aderezos fundamentales para que se produzcan resultados efectivos.

La presión por la excelencia

Triunfar en la vida, obtener éxitos profesionales y personales, vivir con comodidad y holgura, ganar en un mundo competitivo, etc., son aspiraciones legítimas que las personas desarrollamos en nuestra sociedad. Esta motivación de logro, que forma parte de nuestro medio, produce una presión interna para ser excelentes. La excelencia, entendida como calidad superior o maestría en una habilidad o disciplina, es un valor intrínseco deseado por las personas. La presión por la excelencia puede ser un motor en nuestra vida, direccionándonos hacia el perfeccionamiento y hacia el gusto por hacer las cosas bien y con calidad; pero, en algunos casos, puede también derivar en soluciones menos constructivas. Cuando se busca la excelencia y no se encuentran logros o éxitos, se experimenta, inicialmente, frustración y dolor que, dependiendo de los casos, puede derivar en:
a.- Comportamientos de desánimo, conducentes a un estado depresivo con pensamientos autodesvalorizantes. Se trata de una reacción que, a corto plazo, de forma leve y bien reconducida, es adaptativa; pero a largo plazo, paraliza y bloquea el desarrollo personal.
b.- Búsqueda de elementos de valor ajenos a uno mismo. Así, las personas sustituyen la frustración buscando y comprando compulsivamente lo último de lo último en, por ejemplo, moda, o en artefactos electrónicos como tablets o smartphones. Es decir, se intentan compensar las sensaciones dolorosas de frustración, con la posesión de (o identificación con) elementos de prestigio, valor social y de excelencia percibida.
c.- Comportamientos de apropiación, robo y/o hurto de elementos valiosos ajenos, haciéndolos como propios, o simplemente sustrayéndoselos a otros de forma manifiesta. En este caso, la frustración y dolor no se digiere y, a diferencia del punto anterior, la adquisición del elemento valioso se hace de manera ilegítima. Además, la envidia se establece como elemento dominante en nuestras las relaciones con los demás.
d.- Reacciones de autovaloración narcisista, en el que uno se autoafirma en su posición, reafirmándose en su valía, reclamando o exigiendo la admiración de los demás. Se trata de una solución egocéntrica, en la que, pese al fracaso, uno se enquista en su posición, reclamando admiración y mostrando una visión distorsionada y sesgada de la realidad. Además, la arrogancia ante su punto de vista es tal que, en la mayoría de ocasiones, destruye cualquier otra posición alternativa que pueda ser una amenaza.
¿Cómo podemos convertir la presión por la excelencia en un motor de nuestra vida? Hay cinco principios fundamentales:
1) El fin esencial está en lo qué haces, no en lo qué obtienes como reconocimiento; esto es la presión pura por la excelencia. Aprender puede llevarte a ocupar un puesto importante en la vida, pero lo esencial es el desarrollo de una maestría en un arte o disciplina, y centrarse en ello. Lo demás ocupa un lugar secundario, aunque sea importante en la dinámica social.
2) Si algo sale incorrectamente, no es un fracaso, es algo a mejorar. Persiste en el desarrollo de tus habilidades; la excelencia se produce a partir del aprendizaje desde los errores. El fracaso ocurre, si lo esencial para ti es el logro, y no el dominio de una habilidad o disciplina.
3) Si dominas algo y no ves ni reconocimiento ni éxito externo, sigue en paz y en calma. Además de perseverar en la maestría en lo que haces, observa la dinámica social del éxito y posiciónate con respecto a ella. Mira dónde quieres estar, y desarrolla una habilidad social para posicionarte en un punto que produzca un beneficio, tanto para ti, como para los demás.
4) No te desvíes de los principios anteriores; es decir, no te ofusques en encontrar excelencia en la posesión de algo extraordinario ajeno a ti, o en la búsqueda de señales sociales de reconocimiento. La excelencia no se compra, ni nadie te la otorga; la excelencia la desarrollas.
5) Sé humilde, aunque hayas desarrollado la excelencia en algo. Tendrás menos oposición de los demás y estarás más a gusto contigo mismo y con los demás

Narcisismo y/o desvalorización: cómo rehacer nuestro ego sin hacer(nos) más daño

Uno de los posts que más interés ha suscitado en este blog ha sido el del narcisismo. Sin duda, el egocentrismo narcisista produce efectos muy importantes, tanto en el individuo narciso como en el que lo sufre. En el narcisista, su ceguera para con respecto a sí mismo y su entorno, puede llevarle a dos estados antagónicos, pero que coexisten en muchos casos. Por una parte, (a) puede experimentar una seguridad y valía aplastante, con un impulso a atropellar, o sobrepasar de cualquier modo, a todo aquel que se le ponga por delante; (b) por otra, puede experimentar un vacío y desolación profunda, ya que en algún momento percibe que su “seguridad” y “valía” ni le llenan, ni le dejan en una posición todo lo satisfactoria y digna que cree merece. En el fondo, en la mayoría de los narcisistas, existe una fragilidad y desvalorización de tal magnitud, que si la percibiesen, sufrirían un dolor insoportable. Por ello, el narcisista compensa o enmascara su desvalorización más profunda, con una prepotencia y una ceguera para con respecto a opiniones, sentimientos y puntos de vista ajenos a él. Como dice el dicho popular, “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. La cultura popular recoge algo que las ciencias psicológicas han estudiado con metodología científica. Si estás a gusto contigo mismo, no necesitas presumir ni hacer ostentación de tus virtudes. El sufridor del narcisista puede, de igual manera, ubicarse en dos estados, que también coexisten: (a) por una parte, en un estado de admiración ante la luz y ostentación del narcisista; o (b), por otra, en un estado de confusión y, en muchos casos, de desesperación, cuando percibe que su admiración no colma las expectativas del narcisista y es presionado para actuar al son que marque su estrella idolatrada. En muchas ocasiones podemos observar que la “víctima” del narcisista es alguien con autenticidad en sus valores y actitudes, con competencias y habilidades valiosas, pero con tendencia a la idealización y con cierta dependencia afectiva: busca el reconocimiento de los demás y, en particular, del individuo narcisista.
Por debajo de la piel, tanto del narcisista como de sus víctimas, se esconden con frecuencia sentimientos desagradables de desvalorización, de desesperación, de impotencia y de rabia. Cierto que, aunque sus orígenes son distintos, pueden tener conexiones significativas entre sí. El sufrimiento y desvalorización del que sufre a un narcisista, puede derivar en una actitud egocéntrica, con una cerrazón infantil en sus propios puntos de vista. Es decir, el dolor puede generar un comportamiento narcisista semejante al que presentan los narcisistas más tempranos Desde estas consideraciones, sale a relucir el principal problema a mejorar en nuestra vida: cómo rehacer nuestro ego dañado sin hacer o hacernos más daño. El daño en el ego es inevitable y universal. Un niño, cuando no es valorado debidamente, o cuando es anulado a través de las órdenes y programas implacables de los adultos, sufre un daño que intentará reparar. Y lo hará cuando pueda, y como pueda o como sepa. En este proceso, puede, sin embargo, producir sufrimiento en los demás, de forma muchas veces inconsciente. Podemos sin embargo, neutralizar el daño propio, sin hacernos más daño y sin hacérselo a otros. Propongo los siguientes pasos:
1) En un primer momento, reconoce tu sufrimiento y el que padecen los demás, sin intentar eliminarlos o cambiarlos. Tan sólo reconócelo y mira cómo se manifiestan en ti y en los demás.
2) Reconoce o identifica qué haces de forma automática para aliviar tu dolor y sentimientos desagradables: por ejemplo, pensar en otra cosa, fantasear con un mundo mejor, distraerse, echarle las culpas a otra persona, quejarse, humillar a otra persona, ser autoritario, presumir de algo, ser caprichoso, marcharte y dejar a alguien “colgado” y sin palabras, desaparecer, buscar el poder como prioridad, buscar el afecto y el reconocimiento de los demás etc…
3) Observa qué efectos produces en los demás: los atemorizo, se asustan, me evitan, me critican, me alaban, huyen de mí, están cómodos, me sonríen, están agradecidos etc…
4) Observa si la gente que está a tu lado se expresa con naturalidad y autenticidad, sin hacer esfuerzos, y si cooperan genuinamente; o si, por el contrario, sólo escuchas y ves cosas que quieres oír o ver, pero que no son espontáneas y son forzadas.
5) Decide qué hay en tu vida que no encaja con lo que quieres, y experimenta la frustración que te produce, sin hacer nada
6) Traza a continuación un plan para ir hacia lo que tú quieres y que sea lo más beneficioso para ti y para tu entorno. Considera fundamental el criterio del beneficio para todos: el beneficio para todos es beneficio para ti. Así mismo, busca lo mejor de cada cual y prescinde de la negatividad de las personas, manteniéndote lejos de vampiros emocionales que no aporten algo al proyecto común, o que lo entorpezcan con caprichos personales.
7) Ejecuta el plan con tranquilidad y determinación, manteniéndote atento a las emociones que desarrollas así como los efectos que produces en ti y en los demás, y con el propósito firme de crear un efecto beneficioso que se extienda a los que te rodean