Desarrollo de vínculos saludables ante la manipulación familiar

Una de las experiencias más dañinas y dolorosas es la manipulación familiar, cuando existen menores de por medio. Los niños están secuestrados por las intenciones malévolas de los adultos y aprenden, consciente o inconscientemente, que son mercancía de intercambio para satisfacer tanto las necesidades egocéntricas como de poder de sus padres. En conflictos interpersonales de pareja, son frecuentes comentarios tales como: “Te voy a quitar a los niños, te voy a quitar la casa y te voy a dejar sin nada”. Incluso, una de las partes, puede querer inutilizar a la otra, desacreditándola o poniendo en tela de juicio su capacidad para ser madre o padre, acusándola/le, por ejemplo, de ser inestable, irresponsable, manipulador(a) o inútil. A partir de estas premisas, se ejercen estrategias maquiavélicas para mostrar las “maldades” de su pareja y hundirla en la más profunda miseria, siendo los niños lo último de lo último. Por ello, son coaccionados o adoctrinados en uno u otro sentido, para capturarlos emocionalmente y para que sirvan a la causa de cada uno de los progenitores. El dolor de la propia fragilidad del adulto es tal que, en lugar de poner la energía al servicio de los hijos, la ponen al servicio de sus carencias personales. Se explica así, que los hijos estén al servicio de los caprichos de los adultos y de su necesidad de ser valorados, dado que, en el fondo, no tienen una buena autopercepción de ellos mismos. El narcisismo adulto impide reconocer el derecho de espacio propio y de autoafirmación de los niños, de forma que éstos son considerados, tanto una extensión o proyección de ellos mismos como ayudantes a su servicio.

Generar vínculos saludables, cuando ambos padres utilizan a sus hijos de esta forma, es complejo. Los modelos que ejercen sobre ellos, tanto el padre como la madre, son importantes. En estos casos, enseñan a los menores que las personas no son de fiar y que, por otra parte, son simplemente medios o “juguetes” para conseguir compensar su insatisfacción personal. En ningún caso aprenden que las relaciones entre las personas tienen una finalidad en sí mismas. Aprender a establecer relaciones interpersonales, sin fines ulteriores, es fundamental para promover y desarrollar vínculos saludables en los niños y, en general, en cualquier persona. Por ello, es fundamental la tolerancia cero a relaciones instrumentales entre adultos que utilicen a niños. Además, en la escuela es primordial enseñar a los niños a detectar tanto las dinámicas instrumentales entre las personas como las dinámicas cuya finalidad es, en sí misma, entablar y desarrollar vínculos amorosos. Enseñar a distinguir estas dinámicas, así como a reaccionar adecuadamente ante ellas, es la mejor forma de desarrollar vínculos sanos en la infancia y de prevenir relaciones destructivas en la edad adulta. La sensibilidad social ante las relaciones instrumentales entre las personas, sólo se puede fomentar a través de una educación que, si no empieza en la familia, debe hacerlo en la escuela y a través de los medios de comunicación. Las relaciones de “usar y tirar” o de “todo vale, si consigo lo que quiero”, deben de contrarrestarse con un modelo diferente de “dar y recibir” y de “vale, si respeto las necesidades de los demás y las mías propias”. Los vínculos saludables se generan con el reconocimiento de estas dos realidades, potenciando un modelo de intercambio recíproco y de respeto de necesidades.

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Interdependencia adaptativa frente a independencia individualista

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Se dice que es importante ser independiente para autorrealizarse, y es cierto, pero sólo en parte. Tanto la independencia financiera, como psicológico-emocional y ejecutiva, nos sirven para ser libres y elegir las opciones más beneficiosas en nuestra vida; pero este proceso de individuación independiente tiene, también, sus inconvenientes. La autonomía excesiva e inapropiada y la necesidad rígida de logro promueven metas individualistas que pueden interferir con las metas colectivas. Es el lado oscuro del orgullo individual y ambiciones personales, asociadas, frecuentemente, a emociones de ira tras experiencias de frustración. Sin embargo, existen alternativas a esta independencia individualista. Bob Bornstein, profesor de la Adelphi University de New York, y experto de la dependencia afectiva y del apego, describe una forma de dependencia adaptativa que mejora las relaciones interpersonales y potencia la salud y el bienestar. Él la denomina dependencia saludable, y se asemeja, en gran medida, al concepto de Interdependencia adaptativa, para el que hemos construido un instrumento de medida en español. Pedir ayuda cuando uno lo necesita, dar ayuda cuando otra persona la pide, compartir proyectos y sentimientos con la gente cercana, ayudan en la integración saludable de las personas dentro de los grupos. Además, las personas que se perciben como interdependientes tienen mejor salud, tanto psíquica como física. Bajo estas premisas, ¿qué es lo que ocurre en nuestra vida? ¿Somos independientes o interdependientes? Parece que hay factores culturales y de género que afectan a nuestra visión de uno mismo y del mundo. Las culturas orientales como la hindú o la japonesa parecen fomentar más la interdependencia, mientras que las occidentales como la norteamericana o la española, parecen fomentar más la visión independiente de las personas en relación con la sociedad. Por otra parte, las mujeres tienden más al vínculo interdependiente, aunque la actual tendencia a igualar los roles femeninos y masculinos, puede poner en entredicho esto.

Ser independiente o ser interdependiente, he aquí la cuestión. El ejecutivo competitivo, con gran afán de logro, difícilmente querrá escoger la interdependencia; preferirá, probablemente, el individualismo independiente, todo a costa, eso sí, del estrés, del desarrollo de hostilidad y agresividad y de un empobrecimiento de su bienestar. Sin embargo, la experiencia y la educación regulan o modulan las motivaciones y la visión de uno mismo. Llegados a un punto de madurez en el ciclo vital, las personas tienden a buscar metas más relacionadas con el grupo y el compartir conocimientos. Las experiencias de dolor también pueden facilitar el cambio a una visión interdependiente de uno mismo. No muy lejano en el tiempo, me he emocionado con la gestión humana de la catástrofe de Fukushima. Me impresionó profundamente el hecho de que las personas mayores japonesas, sabiendo que su vida era más reducida que la de otras generaciones para desarrollar tumores letales, se prestaron voluntarios para las tareas de descontaminación de la central nuclear; o como las personas ante esta tragedia esperaban, de forma ordenada y pacífica, sus raciones de comida y la asistencia, sin ningún acto de robo o vandalismo. No sé si en España sucedería algo similar, pero ciertamente, al final, es una elección. Ser independiente o individualista no es innato, sino adquirido. El miedo y la necesidad de poder egocéntrico llevan a escoger la individualidad frente a la interdependencia. Darse cuenta de nuestros miedos y de nuestras necesidades de poder, así como ser conscientes del bienestar de la interdependencia, son buenos medios para mejorar nuestra vida y nuestro entorno. Si ganas tú y ganan todos, el equilibrio social y vital es posible. Si los demás no ganan, finalmente tú no ganas: creas desajustes estructurales que te aíslan, te segregan y desconectan del mundo. Desear y promover que a los demás les vaya bien, es la mejor forma que a ti te vaya bien. Y esto es válido en múltiples campos, como por ejemplo, la Economía o la Psicología. Cuando el flujo (sea dinero, sea afecto, sea ayuda, etc.) se mueve, llega a todas partes, tú estás bien y los demás están bien.

Narcisismo y/o desvalorización: cómo rehacer nuestro ego sin hacer(nos) más daño

Uno de los posts que más interés ha suscitado en este blog ha sido el del narcisismo. Sin duda, el egocentrismo narcisista produce efectos muy importantes, tanto en el individuo narciso como en el que lo sufre. En el narcisista, su ceguera para con respecto a sí mismo y su entorno, puede llevarle a dos estados antagónicos, pero que coexisten en muchos casos. Por una parte, (a) puede experimentar una seguridad y valía aplastante, con un impulso a atropellar, o sobrepasar de cualquier modo, a todo aquel que se le ponga por delante; (b) por otra, puede experimentar un vacío y desolación profunda, ya que en algún momento percibe que su “seguridad” y “valía” ni le llenan, ni le dejan en una posición todo lo satisfactoria y digna que cree merece. En el fondo, en la mayoría de los narcisistas, existe una fragilidad y desvalorización de tal magnitud, que si la percibiesen, sufrirían un dolor insoportable. Por ello, el narcisista compensa o enmascara su desvalorización más profunda, con una prepotencia y una ceguera para con respecto a opiniones, sentimientos y puntos de vista ajenos a él. Como dice el dicho popular, “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. La cultura popular recoge algo que las ciencias psicológicas han estudiado con metodología científica. Si estás a gusto contigo mismo, no necesitas presumir ni hacer ostentación de tus virtudes. El sufridor del narcisista puede, de igual manera, ubicarse en dos estados, que también coexisten: (a) por una parte, en un estado de admiración ante la luz y ostentación del narcisista; o (b), por otra, en un estado de confusión y, en muchos casos, de desesperación, cuando percibe que su admiración no colma las expectativas del narcisista y es presionado para actuar al son que marque su estrella idolatrada. En muchas ocasiones podemos observar que la “víctima” del narcisista es alguien con autenticidad en sus valores y actitudes, con competencias y habilidades valiosas, pero con tendencia a la idealización y con cierta dependencia afectiva: busca el reconocimiento de los demás y, en particular, del individuo narcisista.
Por debajo de la piel, tanto del narcisista como de sus víctimas, se esconden con frecuencia sentimientos desagradables de desvalorización, de desesperación, de impotencia y de rabia. Cierto que, aunque sus orígenes son distintos, pueden tener conexiones significativas entre sí. El sufrimiento y desvalorización del que sufre a un narcisista, puede derivar en una actitud egocéntrica, con una cerrazón infantil en sus propios puntos de vista. Es decir, el dolor puede generar un comportamiento narcisista semejante al que presentan los narcisistas más tempranos Desde estas consideraciones, sale a relucir el principal problema a mejorar en nuestra vida: cómo rehacer nuestro ego dañado sin hacer o hacernos más daño. El daño en el ego es inevitable y universal. Un niño, cuando no es valorado debidamente, o cuando es anulado a través de las órdenes y programas implacables de los adultos, sufre un daño que intentará reparar. Y lo hará cuando pueda, y como pueda o como sepa. En este proceso, puede, sin embargo, producir sufrimiento en los demás, de forma muchas veces inconsciente. Podemos sin embargo, neutralizar el daño propio, sin hacernos más daño y sin hacérselo a otros. Propongo los siguientes pasos:
1) En un primer momento, reconoce tu sufrimiento y el que padecen los demás, sin intentar eliminarlos o cambiarlos. Tan sólo reconócelo y mira cómo se manifiestan en ti y en los demás.
2) Reconoce o identifica qué haces de forma automática para aliviar tu dolor y sentimientos desagradables: por ejemplo, pensar en otra cosa, fantasear con un mundo mejor, distraerse, echarle las culpas a otra persona, quejarse, humillar a otra persona, ser autoritario, presumir de algo, ser caprichoso, marcharte y dejar a alguien “colgado” y sin palabras, desaparecer, buscar el poder como prioridad, buscar el afecto y el reconocimiento de los demás etc…
3) Observa qué efectos produces en los demás: los atemorizo, se asustan, me evitan, me critican, me alaban, huyen de mí, están cómodos, me sonríen, están agradecidos etc…
4) Observa si la gente que está a tu lado se expresa con naturalidad y autenticidad, sin hacer esfuerzos, y si cooperan genuinamente; o si, por el contrario, sólo escuchas y ves cosas que quieres oír o ver, pero que no son espontáneas y son forzadas.
5) Decide qué hay en tu vida que no encaja con lo que quieres, y experimenta la frustración que te produce, sin hacer nada
6) Traza a continuación un plan para ir hacia lo que tú quieres y que sea lo más beneficioso para ti y para tu entorno. Considera fundamental el criterio del beneficio para todos: el beneficio para todos es beneficio para ti. Así mismo, busca lo mejor de cada cual y prescinde de la negatividad de las personas, manteniéndote lejos de vampiros emocionales que no aporten algo al proyecto común, o que lo entorpezcan con caprichos personales.
7) Ejecuta el plan con tranquilidad y determinación, manteniéndote atento a las emociones que desarrollas así como los efectos que produces en ti y en los demás, y con el propósito firme de crear un efecto beneficioso que se extienda a los que te rodean