La desnaturalización de las virtudes personales

En la Grecia Clásica Aristóteles ya había señalado diferentes virtudes que situaba en el punto medio de un continuo. De acuerdo con ello, la valentía se encuentra en el punto medio entre el miedo y la temeridad; o la generosidad está en el punto medio entre la avaricia y la prodigalidad. De alguna manera, el equilibrio está en ese punto en el que una virtud se manifiesta con propiedades que permiten acciones precisas, útiles, productivas y generadoras de bienestar. De esta forma, cuando desarrollamos la valentía nos encontramos en ese punto de confianza en uno mismo, acompañado de apertura a la experiencia y tolerancia a la incertidumbre, que permite enfrentarnos apropiadamente a situaciones novedosas o desconocidas. No sabemos bien cómo van a desarrollarse los acontecimientos, pero tenemos la firme determinación para dar los pasos que requiera la situación y lo hacemos con la confianza de que todo va a ir bien. Ese sería el punto natural en el que nuestras características personales y funciones mentales ejercen su tarea de forma eficiente y gastando la energía estrictamente necesaria. Cuando una persona soporta presiones más allá del desarrollo mismo de las virtudes – por ejemplo, la influencia de un ambiente muy exigente o la propia autoexigencia personal-, aparece el terreno apropiado para la desnaturalización de las virtudes personales. Siguiendo el ejemplo concreto de la valentía, imaginemos un joven recién licenciado que ha tenido un ambiente familiar donde se le ha enfatizado que debe de ser siempre el número uno, por encima de todos los demás, y de la forma que sea. Esta presión acumulada puede derivar en los inicios de la carrera profesional en decisiones precipitadas, temerarias, imprudentes, todo ello para satisfacer la urgente necesidad, tanto interna como externa, de éxito. Este es el ejemplo de jóvenes ejecutivos que se ven seducidos por el éxito indiscriminado e inmodulado y, en contra de su ética personal, toman decisiones para enriquecerse y enriquecer a las empresas que representan, todo ello a costa de perjudicar sensiblemente a terceras personas. Así se explican operaciones bancarias especulativas, estafas piramidales tipo Madoff, operaciones de blanqueo de dinero, comisiones ilegales, todo ello exponiéndoles a situaciones donde, en muchos casos, pueden llevarles a delitos legales o a la ruina propia o ajena. La virtud natural de valentía se ha desnaturalizado y se ha convertido en temeridad; o, podríamos decir también, la abundancia se ha convertido en avaricia. La presión, tanto externa como interna, ha transformado virtudes equilibradas en virtudes desequilibradas. Obviamente, las virtudes personales también pueden transformarse hacia el polo bajo del continuo. Un joven ejecutivo que no haya sido valorado apropiadamente y que haya sido educado en un ambiente temeroso y de inhibición, animándole a evitar siempre el fracaso, puede desarrollar miedo e inseguridad. En este caso, la valentía está minimizada o restringida más que desnaturalizada. La desnaturalización se produce cuando, en el afán de desarrollar la virtud óptima, uno se pasa del punto de equilibrio por exceso.

La desnaturalización de las virtudes, aunque frecuente en los comienzos profesionales, ocurre también en otros momentos del ciclo vital, siendo en algunos casos muy notoria. En estas etapas, la resistencia al cambio suele ser mayor, y suelen aparecer en la superficie de la conciencia los puntos oscuros o frágiles con mucha claridad hacia el mundo externo. Normalmente, cuando las presiones tanto externas como internas no han sido resueltas de forma satisfactoria, se desencadena una desnaturalización de virtudes. Se explica así que personas acostumbradas a la relevancia profesional y social, cuando llegan a etapas donde su energía y brillo ya no son como antaño, se autoengañan o se justifican, produciendo desviaciones desajustadas en la expresión de sus virtudes. Las carencias o conflictos no resueltos se expresan de forma engañosa, detectándose, por ejemplo, comportamientos pseudonaturales, falsos, embusteros, parásitos y justificaciones personales de comportamientos antiéticos, apropiándose del conocimiento ajeno. En el ámbito más intelectual, se encuentran en este grupo personas en el ocaso de su carrera que se aprovechan de jóvenes doctorandos o investigadores pujantes, apropiándose de su trabajo o coaccionándolos a darles lustre y servicio incondicional. En el ámbito más empresarial, se encuentran en este ámbito, empresarios oportunistas y devoradores que, prometiendo el desarrollo y mecenazgo de inventores, se aprovechan de ellos, apropiándose de sus ideas y o posibles patentes, explotándolos hasta la última gota. Estos ejemplos aquí expuestos en el ámbito profesional también se extienden a otros ámbitos, como el familiar, social y de pareja. Las crisis que señala el psicoanalista Erik Erikson, algunas de ellas con un buen soporte científico, son ejemplos interesantes. Las personas, llegadas a ciertos momentos del desarrollo, se enfrentan con retos complejos como son, por ejemplo, el sentido a la vida, el envejecimiento y el decaimiento biológico, y que pueden generar mecanismos de afrontamiento desajustados. Así, el optimismo natural ante la vida se puede convertir en una negación continua de realidades personales, y esto puede generar tensiones de pareja, tensiones familiares y sociales que pueden afectar al trabajo y la salud.

La prevención de la desnaturalización de las virtudes es importante que se realice en edades tempranas, aunque nunca es tarde. A pesar de que no identifiquemos este fenómeno, puede estar presente ya en nuestras vidas sin darnos cuenta de ello. Cierto es que nuestra imaginación es poderosa y necesaria para cambiar lo que no nos gusta de nosotros mismos y de los que nos rodea. Pero, en cualquier caso, es fundamental tener un contrapeso para no patinar o desvariar en el uso de nuestra imaginación. De la creatividad al delirio hay una distancia pequeña, fácil de recorrer si no existe el contacto con otras personas; de la convicción al obcecamiento hay una puerta fácil de abrir; de ser hábil a aprovecharse de los demás hay una sutil pero sensible diferencia no reconocida por algunas personas; de la sugestión a la seducción manipulativa hay una diferencia cualitativa, pero entre ellas no hay mucha lejanía y la tentación puede ser fuerte; del optimismo ilusionante a la negación existe una distancia, pero que se recorre fácilmente cuando la vida nos trae acontecimientos dolorosos. En resumen, el traspaso de esa línea hacia la desnaturalización de las virtudes puede ser, por momentos, fácil. Para regular estas tentaciones o fuerzas prodesnaturalizantes, se hace necesario el desarrollo de fuerzas reguladoras, así como la validación de nuestros enfoques y acciones. El mundo se puede equivocar, pero la mayor equivocación es desconectarse del mundo por nuestras presiones internas o externas. Que alguien te proporcione “feedback” u opinión sobre lo que haces, es un elemento importante de validación de tus presupuestos, que debe ser integrado con otros elementos de criterio externo (por ejemplo, los resultados visibles) y de criterio interno (por ejemplo, cómo te sientes). Esta actitud de aceptar y tener en cuenta la visión de los demás  propicia el desarrollo de tu convicción y determinación, pero con la humildad necesaria para no descarrilar o desnaturalizar tus virtudes.
Nota. Para ampliar más el tema puedes consultar otros artículos sobre la temática:

http://www.psicologiasaludable.es/index.php/guia-de-la-psicologia-saludable/49-guiapsicosalu6
http://www.psicologiasaludable.es/index.php/guia-de-la-psicologia-saludable/51-guiapsicosalu8

 

 

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Reciprocidad equilibrada, amor incondicional y regulación emocional

Desde diversas disciplinas, se ha mencionado a la reciprocidad equilibrada como fundamental en las relaciones interpersonales. Dentro de la interdependencia adaptativa, se incluye el dar y recibir por igual, como fundamental para tener relaciones saludables con otras personas. En la Antropología, los sistemas de intercambio de bienes eran conocidos en culturas muy antiguas e, incluso se podían producir intercambios muy llamativos en acuerdos de paz, en la que se podían incluso negociar matrimonios. Sin entrar a juzgar el contenido de dichos intercambios – arreglar matrimonios entre familias puede parecernos deleznable, bajo nuestra cultura-, lo cierto es que intercambiar algo, con una cierta equidad, parece necesario para asegurar un equilibrio tanto social, como personal y económico. Dar más de lo que recibes, servir sin ser servido, esforzarte siempre para que otros vivan sin esfuerzo alguno, no es un medio apropiado para mantener una armonía. En las culturas más orientales, existe un marcado sentimiento de la reciprocidad. Incluso, en religiones como el hinduismo o el budismo, la reciprocidad equitativa se asienta en lo que denominan el karma. El karma sería como una ley de causa-efecto, que manifiesta un principio de reciprocidad impersonal en el cosmos, de forma que lo que hacemos tiene una contrapartida en lo que recibimos. De esta forma habría como un continuo balance de la experiencia, de forma que pasado, presente y futuro tendrían un sentido desde una perspectiva más amplia. Las Leyes de la Mecánica Newtoniana, incluyen estos principios de reciprocidad, mostrando que toda fuerza genera otra, de igual intensidad, pero en sentido contrario. En nuestras relaciones interpersonales, estos principios de equilibrio, podrían traducirse en el hecho de que cuando aportas un beneficio, esfuerzo, etc., se genera una dinámica que vuelve hacia ti, en la que te beneficias o recibes algo a cambio. Esta ley general de reciprocidad parece, por lo tanto, interesante, para vivir con perspectiva y sentido. Ahora bien, en muchas ocasiones, esta reciprocidad equilibrada no la encontramos por ninguna parte. Muchas personas lo dan “todo”, pero claro está, no reciben todo lo que aportan, sino, al contrario, se les quita más o se aprovechan de ellos.

Uno de los campos donde esta reciprocidad es importante es en las relaciones de amor entre las personas, tanto si hablamos de parejas, como familia o como amigos. El amor incondicional y/o la aceptación incondicional, aparecen en las guías de vida saludable, como si fuera algo que debemos desarrollar. Sin embargo, el significado de estas condiciones en las relaciones interpersonales se ha sacado fuera de contexto. El amor incondicional no implica un amor asimétrico en el que tú das todo, te entregas, incluso aunque no recibas nada de los demás. Esta presuposición fomenta la explotación de las personas, generando relaciones de codependencia, de forma que una de las partes de la relación esté para servir a la otra, estando pendiente de sus necesidades. Siempre es necesario un elemento regulador, que equilibre las fuerzas en las relaciones de amor entre las personas. Tomar contacto con las fuerzas negativas, opuestas a la entrega incondicional, es necesario; siempre que alguien dé algo, hay la posibilidad de que otra persona viva parásitamente. La negación de esta posibilidad, al idealizar una relación, o la incapacidad para ver este fenómeno, por el dolor que se siente, es algo a explorar. Si ves esta posibilidad y percibes el dolor ante esta posibilidad, las fuerzas se muestran equilibradas y hay una regulación emocional dentro de ti. Entonces, el amor sí puede ser, realmente, incondicional; entendiendo el amor incondicional, como afecto genuino, que ofreces libremente, desde tu deseo, que no está condicionado para obtener aprobación o el afecto de los demás, o para exigir algo de los demás. Así, el amor incondicional y la aceptación incondicional, son posibles, dado que existe un equilibrio necesario y basado en el conocimiento de las dinámicas interpersonales. Este conocimiento es el contrapeso para que las dinámicas de parasitismo y aprovechamiento no se apoderen de las relaciones interpersonales, y las conviertan en asimétricas y desajustadas.
(Nota. Puedes ampliar este artículo en la guía saludable: http://www.psicologiasaludable.es/index.php/guia-de-la-psicologia-saludable, que se irá actualizando y enriqueciendo  con novedades, periódicamente)

Valor, confianza en uno mismo y equilibrio

“Confía en ti mismo”, “ten una alta autoestima”, “confía en tus capacidades”, “vete a por todas”o “a por la victoria”, son dichos que la gente considera importantes para tener éxito. Incluso, se han convertido en autoafirmaciones, a modo de mantra, que las personas se dicen a sí mismo o exteriorizan en diferentes situaciones de la vida. Tenemos multitud de ejemplos de interjecciones, gritos y onomatopeyas que los guerreros utilizaban (y utilizan) antes del combate o batalla:¡¡ Abú!!, por parte de los guerreros celtas, queriendo decir “hasta siempre o hasta la victoria”; ¡¡Alala!!, muy similar a Hallelujah, grito de júbilo, utilizado por los guerreros de la Antigua Grecia; ¡ Banzai !, grito  utilizado por los pilotos japoneses kamikazes durante la Segunda Guerra Mundial, con un significado de “¡viva!” o literalmente “diez mil años”. Estos gritos que ejemplifican el valor, permanecen en nuestros días, por ejemplo entre los deportistas, con expresiones tales como ¡vamos! La interiorización del valor y de sus manifestaciones está relacionada con la experiencia interna de la confianza en uno mismo o con la convicción. Cuando alguien confía en sí mismo, reexperimenta internamente estos gritos y onomatopeyas, armándose de valor en situaciones complicadas o estresantes. La exteriorización pública de estas frases probablemente esté ligada a la cultura; las culturas más orientales, menos expresivas hacia fuera y dirigidas hacia el mundo interno, expresan su confianza y valor de forma más encubierta.

El valor y la confianza, elementos fundamentales en nuestra vida,  necesitan un contrapeso para equilibrar los desajustes de un exceso de ambos. El exceso de confianza en uno mismo lleva a la soberbia y a la desconsideración narcisista; el exceso de valor lleva a la temeridad a uno mismo y a otros. Un punto de equilibrio es apropiado: confiar en uno mismo sin desvariar y avasallar, abierto a ideas y respetuoso con los demás, y tener valor, siendo consciente del riesgo y de las emociones y consecuencias asociadas. Los factores de equilibrio o de regulación son los más difíciles de encontrar en nuestra sociedad, ya que suelen ser los últimos en desarrollarse. Así, cuando alguien experimenta éxito desbordante, no quiere saber y/o no suele tener idea, ni de la caída que puede tener, ni de las consecuencias adversas de lo que hace. En nuestra educación aprendemos a tener éxito, a competir, a esforzarnos, a ganar, incluso a perder; pero difícilmente, nos enseñan a desarrollar la modestia, la humildad o el respeto. Suele ocurrir, que la vida nos da una lección sin nosotros buscarla; es, entonces, cuando nos interesamos por estos elementos reguladores de nosotros mismos. Finalmente,  te das cuenta de que tu poder es inmenso, sí, tienes confianza y valor; pero tu poder es una gota insignificante en un océano. Es la paradoja de ser todo y ser nada al mismo tiempo; ese es el punto de equilibrio.

El uso inteligente y equilibrado del conocimiento

Terminamos un año y es hora de hacer balance, como cualquier empresa o proyecto que se precie de ser tomado en serio. Dependiendo del lugar donde nos encontremos y de nuestras circunstancias personales, dicho balance será diferente. Unos habrán vivido más luces que sombras y otros, viceversa, más penumbras que luz. Así en España, hemos podido vivir, unos más que otros, bastante crispación social; muchas personas han protestado y manifestado su disconformidad con las medidas sociales y económicas que han tomado nuestros gobernantes. Pero esto no es exclusivo de España, ni mucho menos. Mirando retrospectivamente, llama la atención la cantidad de errores y “pifias” que muchos gobernantes y expertos han cometido. Si nos preguntasen hace unos años si esto era posible, muchos se reirían por lo imposible que parecería. Poca gente creería que, por ejemplo, un tal Sr. Madoff, en la meca de la economía capitalista, Estados Unidos, estafara con un timo piramidal a supuestos expertos e inversores de la primera fila mundial. Tampoco nadie se creería que, por ejemplo, algunos estamentos en España –sindicatos, gobiernos, partidos políticos- pudieran generar tales desfalcos de caudales públicos, y que pasasen varios años hasta enterarnos. Parece que ahora estamos perdiendo la inocencia, y también, en gran medida, la confianza en nuestros dirigentes y expertos. El conocimiento es fundamental, pero todavía lo es más el uso que hacemos de él. Nos encontramos con varias posibilidades, desde el que tiene poco conocimiento y además hace mal uso de él, hasta el que tiene mucho conocimiento y hace buen uso de él. Hacer buen uso del conocimiento tiene que ver con una especie de equilibrio que intentaré resumir en cuatro pasos:

1.- El primer paso, APRENDER
Aunque creas saber mucho, fíjate más en lo que te falta por aprender. Aceptar que no sabes algo es un poder inmenso para aprender. Aceptar el no saber implica pedir ayuda en el lugar y momento apropiados, observar y tomar nota, escuchar, saber callar, respetar, perseverar con determinación, practicar, entrenar…

2.- El segundo paso, VER LOS EFECTOS del uso del conocimiento:
Cuando aplicas un conocimiento mira qué efectos produce en ti y en los demás: ¿te sientes a gusto contigo mismo y con los demás?, ¿se sienten los demás cómodos contigo?. Presta atención a si lo que haces te sirve sólo a ti, o también a otras personas. ¿Estás satisfaciendo tus necesidades a costa del bienestar de otros? ¿Tus acciones responden a una necesidad social o personal, o a ambas? En el fondo de tu corazón, mira tus motivaciones más escondidas: poder, seducción, buscar la aceptación de los demás. Muchas de las luchas que iniciamos no tienen fines constructivos grupales, sino personales: buscar posición, reconocimiento, prestigio, resarcirte de malas experiencias o de necesidades insatisfechas. Después de esto, mira dónde están finalmente tus motivaciones de conocimiento “per se” y de creatividad.

3.- El tercero, RECTIFICAR, si usas el conocimiento con desequilibrio
Si notas necesidades insatisfechas o ambiciones desmedidas dentro de ti y que te predisponen a utilizar tu conocimiento de forma personalista o mezquina, es el momento de rectificar. Primeramente, conecta con tus necesidades y ambiciones, sin juzgarlas, mira hasta donde llegan y no hagas juicio alguno; tan sólo percátate de sus consecuencias. Segundo, establece qué es lo apropiado en la situación en su totalidad, no sólo lo que te afecta a ti. Tercero, toma la determinación de cambiar y cuarto, ejecuta un plan de acción premeditado alternativo.

4.- El cuarto, MANTENER el EQUILIBRIO:
Ya has rectificado y has reconducido la situación. Ahora viene la parte más difícil, mantener el equilibrio. Una vez que aprendes el camino correcto, hay momentos en los que tendrás la tentación, consciente y/o inconsciente, de tirarlo todo por la borda y volver a tus ambiciones y a la satisfacción de tus necesidades personales por encima de todo y todos. El equilibrio está en un punto en el que yo gano y los otros ganan o yo estoy bien y tú estás bien. En este punto, el equilibrio es más fácil. ¿Te encuentras ahí? Espero que así sea; si no lo es, te deseo encuentres este punto en el año 2014 que está llamando a la puerta. ¡¡Feliz Año Nuevo!!