Resiliencia: persistencia y flexibilidad ante el dolor

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Cuando nos acercamos a determinadas informaciones o experiencias dolorosas, a veces insólitas e injustificables, nos damos cuenta de la existencia de dolores tanto inevitables como evitables en la vida. A propósito del éxodo de los gitanos zamoranos ocurrida hace unos meses en Galicia (http://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/11/22/galicia/1416612394_550780.html), nos podemos imaginar la tensión, angustia y dolor que acompaña a muchas familias y personas. Esta dinámica de exclusión no es algo particular de los gitanos, ni de ninguna etnia. Es algo bastante común en la dinámica interpersonal, desafortunadamente. Siempre que se genera un grupo en torno a alguien o a un clan, pueden suceder estos acontecimientos. Los supuestos líderes crean unas directrices mafiosas o pseudomafiosas, reclamando derechos, dinero y lealtad incondicional a cambio de una supuesta protección de males que podrían sufrir si no aceptan sus condiciones. Esta realidad social se extiende a muchos campos tales como las organizaciones políticas, educativas, religiosas, asociacionismo, ONGs, incluso en empresas o familias. En general, puede ocurrir, en cualquier situación grupal. Tras haber visto infinidad de casos tanto desde la lejanía como desde la cercanía, y haciendo un análisis histórico, parece que a día de hoy estas dinámicas dolorosas grupales forman parte de la propia vida y están asociadas a la naturaleza humana. Si indagamos a nuestro alrededor es fácil que nos encontremos a muchas personas que han sido aisladas, o excluidas de un lugar, trabajo, casa etc.; incluso la Historia es testigo de atrocidades que se han hecho a muchos pueblos y colectivos.
Estas experiencias dolorosas son inevitables en la mayoría de los casos. No tenemos responsabilidad sobre dónde nacemos o dónde vivimos. Es un “misterio” por qué algunas personas nacen en lugares inhóspitos y otras en lugares plácidos. Eso no lo podemos cambiar, pero sí lo que vamos a hacer con ello. Cuando las circunstancias aprietan y son adversas, pueden llevarnos a la desesperación y a la perdición o a la maestría y a un fortalecimiento personal. La capacidad para poner límites al dolor, ser persistente en la concentración pero flexible en la adaptación al entorno son características y estrategias que nos fortalecen. He aquí que algunos dolores sí son evitables, todos aquellos que son artificiales y redundantes, no dependientes de las situaciones y que pueden tener un curso crónico o destructivo si no somos conscientes de ellos y adquirimos una cierta maestría en su afrontamiento. El origen de estos dolores puede ser en su lejanía una experiencia adversa, pero en la cercanía esta causa ya no es el principal determinante. Pongamos el ejemplo de un niño al que le ponen trabas en su desarrollo personal, o alguien que no es correspondido afectivamente por su pareja. En ambos casos pueden experimentar un dolor intenso en un principio inevitable, pero el transcurso de la situación genera otros dolores evitables. En el primer caso, si el niño se obceca en querer cambiar a su entorno a la fuerza, o en el segundo, si quiere ganarse el afecto de su pareja esforzándose más y más, sin límites, pueden llevarles a un dolor secundario y a un estado de agotamiento poco saludable. Este dolor sería accesorio y es clave reconocerlo, diferenciando el dolor evitable del inevitable. A partir de ahí, somos capaces de desarrollar fortalezas en lugar de obcecarnos en estrategias inútiles generadoras de más dolor. Ser persistente en pos de tus objetivos con estrategias flexibles es más resiliente que ser cambiante en pos de tus objetivos con estrategias rígidas. ¿De qué forma afrontas tu vida en pos de tus metas cuando aparecen adversidades y dolor? ¿Utilizas más el primer o el segundo estilo?

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Competencia y jerarquización: jerarquía competencial versus jerarquía de pertenencia

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Competencia es una palabra que proviene del latín (“competere”) y que guarda tras de sí un gran potencial, con frecuencia no aplicado a los asuntos de la vida ordinaria. El término competere tiene dos acepciones principales, ambas interesantes desde un punto de vista psicológico. La primera es la competencia relacionada con la competición en un evento donde se pone en juego una o varias habilidades. La segunda es la competencia relacionada con la incumbencia o preparación adecuada para una determinada tarea o decisión. Ambas acepciones son, en sí mismas, necesarias para la vida. Competir caballerosamente con otros en una habilidad, disciplina o aptitud es algo que favorece el desarrollo personal y estimula la mejora de uno mismo. Incluso se podría hablar de la competición con uno mismo; es decir, el establecer retos en la vida es una forma de competición que saludablemente estimula tu potencial. Por otra parte, y entramos en la segunda acepción, para competir con otros o contigo mismo, necesitas una competencia en una o varias habilidades, o una o más virtudes que has desarrollado con el tiempo. Así por ejemplo, si una persona quiere ser socorrista en el mar, debe saber nadar y tener unos conocimientos de reanimación cardiopulmonar, además de tener temple ante situaciones agudas de peligro, entre otras habilidades. Si uno posee estas habilidades y virtudes, podrá efectuar su tarea de manera eficaz, segura y con tendencia hacia la excelencia.

La jerarquización proviene del concepto de jerarquía, que en el Diccionario de la Real Academia Española significa “gradación de personas, valores o dignidades”. La palabra jerarquía etimológicamente proviene del griego (hieros= sagrado o divino; arkhei= orden, gobierno). En otras palabras, la jerarquía lleva una connotación de algo sagrado, con un significado de que hay un orden que no se puede cuestionar. La jerarquización a lo largo de la Historia ha llevado esta marca sagrada, resultando para las personas no sagradas un muro infranqueable e incuestionable para hacer valer su conocimiento y saber. Incluso en sistemas de estratificación social como son las castas, la jerarquía más elevada es siempre de tipo sagrado, los Brahmanes, que incluyen a sacerdotes y a los consejeros de reyes. La extrapolación de estos conceptos anclados en lo sagrado a lo largo de la Historia persiste, bajo mi punto de vista, en muchos elementos sociales de nuestra cultura hoy en día. Y he aquí cuando se pueden producir conflictos, ya que en ocasiones la jerarquización choca con las competencias basadas en el conocimiento. Si miramos con detenimiento las situaciones de nuestro tiempo, vemos muchos vestigios de los sistemas de jerarquización basados en lo sagrado, traducido en nuestro tiempo en lo intocable. La jerarquización más rígida y bloqueante permanece a través de dos estrategias claras y bien definidas:
1) Restringiendo el acceso a la competición, con reglas que interfieren en el desarrollo y promoción de los poseedores de habilidades, favoreciendo a personas carentes de ellas que sí pueden competir
2) Valorando todo aquello que no es competencial, sino todo lo contrario, aspectos no pertinentes tales como la pertenencia a un grupo o estrato, independientemente del desarrollo competencial.

Enfrentarse a estas dos situaciones requiere primeramente de un fortalecimiento personal y una actitud resiliente. Cuando no puedes competir, porque bloquean tu entrada a la competición, hay algo que siempre puedes hacer. Se trata de la competición saludable contigo mismo. Traza en tu vida desafíos y retos que no dependan de otras personas. Nadie te impide, por ejemplo, aprender y perfeccionar idiomas, aprender nuevas habilidades o perfeccionar las pericias ya aprendidas. Por otra parte, en paralelo a esta actitud, plantea a tu entorno más cercano nuevos criterios para redefinir la jerarquía en otros términos relacionados con los conocimientos, competencias y experiencia. Te sorprenderás cuánta gente piensa y siente como tú. La jerarquía basada en la pertenencia a un grupo se convierte en la jerarquía basada en la competencia.