La naturaleza humana

indians-642075_1920girl-1124933_1920beautiful-1274361__480binary-2175285__480head-196541_1920

Nos encontramos en un momento histórico muy interesante, dado que el progreso de la tecnología está siendo tal que está planteando algunos interrogantes sobre la concepción misma del ser humano. El término “humano” proviene de la palabra raíz humus (tierra) y del sufijo –ano (de procedencia o pertenencia). De alguna forma, cuando se dice que somos humanos, se quiere expresar que procedemos de la tierra, tal como se recoge por cierto en algunas tradiciones religiosas en las que se señala metafóricamente que Dios moldeó al hombre con arcilla o tierra. Nuestra humanidad, etimológicamente, tiene que ver también con el carácter humilde (humilde así mismo procede de humus); por ello, cuando se dice que alguien es humano, damos a entender que hay una imperfección y una aceptación humilde de ello.  Si por el contrario, alguien es inhumano, se hace referencia a que realiza imposibles con una presión enorme por la perfección.

Inmersos en la era digital y sujetos a una gran presión de excelencia y perfección, todo está robotizado y milimétricamente calculado en su forma de manifestación. La robotización está llegando a numerosos campos, tal como por ejemplo el militar, donde la precisión es muy valorada (http://www.elmundo.es/tecnologia/2017/04/17/58f49d2eca474157508b4590.html). La digitalización y la robotización están impregnando nuestras vidas y deshumanizando muchas áreas, dado que con gran frecuencia se prescinde de los elementos humanizadores de la cultura a lo largo de la Historia, en aras de una mayor precisión y eficiencia.

Este momento histórico nos plantea el reto de desarrollar la tecnología y el entorno virtual y digital pero de una forma humana, que no robótica. La virtualidad y las nuevas tecnologías no deberían generar una vinculación deshumanizada impersonal, sino al contrario deberían ser una ayuda para la construcción de un soporte psicológico-social y cultural humanizador, y en contacto con el sustrato vivo. Esto implica inevitablemente la educación en el uso responsable de las nuevas tecnologías tanto para niños como para adultos, y su progresiva y cuidadosa introducción en la vida de los niños, dado que todavía desconocemos los efectos que pueden producir a medio o largo plazo. Lo que sí parece evidente es que producen cambios importantes en las pautas de socialización y de vinculación interpersonal, algo que ya de por sí debería de suscitar prudencia. Muchos de los gurús de las nuevas tecnologías parece que ya se han percatado, restringiendo y retrasando la edad de inicio de sus hijos en el manejo de dispositivos tecnológicos (http://www.ticbeat.com/educacion/en-silicon-valley-triunfan-los-colegios-sin-ordenadores-ni-wifi/). Estamos en un terreno desconocido que, sin lugar a dudas, merece estudio, prudencia, tiempo y sosiego. Está en juego lo que vamos a ser en un futuro inmediato: seres humanos, digitales, virtuales, robóticos…¿Tú cómo te ves y qué “ser” quieres ser?

Anuncios

De los sesgos y extremismos al poder equilibrado

fotos new york, canarias, lugo, córdoba 080La experiencia nos muestra que las personas somos muy impresionables por los extremos y por las opciones sesgadas. La toma de decisiones no está principalmente guiada por la moderación. Vivimos en un mundo repleto de falacias, prejuicios, experiencias disonantes o incoherentes…, algo así como un gran mercadillo donde habitan muchos personajes de diferente tipología. En él conviven vendedores de humo, farsantes, pseudocientíficos, fanáticos intolerantes, científicos reputados, personajes de poder, personajes que suspiran por el poder, profetas del miedo, seguidores, personas necesitadas de guía o de un líder y/o perdidas y, por supuesto, personas auténticas, preparadas, moderadas, con el suficiente temple para enfrentarse en este mundo complejo. Con tal diversidad de personajes, es complicado discernir adecuadamente donde está el equilibrio. La Historia nos ha mostrado hasta ahora que, ante este mundo complejo, los mensajes extremos o sesgados tienen más penetración y resonancia en las mentes de las personas. Ante las crisis sociales, los mensajes catastrofistas extremos (“Si vienen estos, será el fin de nuestros días de bienestar…”) o los mensajes revolucionarios positivos y supuestamente esperanzadores (“Yes, we can” o “Podemos”), son los que más impacto tienen en la psicología de las personas. ¿Alguien se ha parado a ver en detalle estos mensajes, qué implican, de dónde proceden, qué preparación necesitan y qué motivación y esfuerzo requieren? En principio no, dado que las personas nos vemos determinados por dos sistemas motivacionales fundamentales: el primero es el sistema del miedo y el segundo es el sistema de placer-recompensa. No hay emoción negativa más poderosa que el miedo para afectar la mente de muchas personas, algo de lo que la Historia ha sido y es testigo privilegiado. Por otro lado, las personas son también sensibles y susceptibles al cambio cuando hay mensajes altamente positivos, incluso más cuando permanecen en la fantasía. Cuando no pisas la realidad, el mensaje es indestructible porque no se puede contrastar con la experiencia. El placer y la recompensa mental de un mundo ideal son muy grandes.

Estos dos sistemas han constituido, bajo mi punto de vista, el motor de nuestros comportamientos y de los movimientos sociales más radicales y descontrolados. La ilusión y la fantasía de una raza superior sublime, la raza aria, llevó a Hitler y a todo un pueblo a destrozar a millones de personas. Nuestros propios miedos generan que destruyamos o eliminemos a otros porque piensen diferente o pongan en tela de juicio nuestra forma de pensar, de forma que sentimos que nuestra seguridad está en peligro. El punto de equilibrio está en la moderación, entendiéndola como ese punto en el que se ponen las cosas en una medida. Moderar, que procede de moderatio (lat.) y de su raíz más antigua indoeuropea med, de la que por cierto derivan otros términos como meditar, implica definir y actuar dentro de un intervalo de equilibrio. Así, para actuar de forma moderada o equilibrada, es necesario conocer nuestros miedos e identificar nuestras fantasías ilusorias sin fundamento. Es cierto que para que algo se produzca en la realidad externa, debe producirse primero en la mente; pero no es lo mismo fantasear que “cocinar” o trabajar dentro de la mente lo que queremos. La ilusión es una materia prima que debe ser cocinada dentro de la mente y se necesitan otros ingredientes y conocimientos. Todos podemos, sí, pero siempre que haya conocimiento, preparación, determinación, perseverancia, respeto, humildad, responsabilidad, temple y esfuerzo. Dedicar tiempo a conocer nuestros miedos y a desarrollar nuestras fortalezas es condición indispensable para realmente poder y no quedarnos en eslóganes tan impactantes como estériles.

La desnaturalización de las virtudes personales

En la Grecia Clásica Aristóteles ya había señalado diferentes virtudes que situaba en el punto medio de un continuo. De acuerdo con ello, la valentía se encuentra en el punto medio entre el miedo y la temeridad; o la generosidad está en el punto medio entre la avaricia y la prodigalidad. De alguna manera, el equilibrio está en ese punto en el que una virtud se manifiesta con propiedades que permiten acciones precisas, útiles, productivas y generadoras de bienestar. De esta forma, cuando desarrollamos la valentía nos encontramos en ese punto de confianza en uno mismo, acompañado de apertura a la experiencia y tolerancia a la incertidumbre, que permite enfrentarnos apropiadamente a situaciones novedosas o desconocidas. No sabemos bien cómo van a desarrollarse los acontecimientos, pero tenemos la firme determinación para dar los pasos que requiera la situación y lo hacemos con la confianza de que todo va a ir bien. Ese sería el punto natural en el que nuestras características personales y funciones mentales ejercen su tarea de forma eficiente y gastando la energía estrictamente necesaria. Cuando una persona soporta presiones más allá del desarrollo mismo de las virtudes – por ejemplo, la influencia de un ambiente muy exigente o la propia autoexigencia personal-, aparece el terreno apropiado para la desnaturalización de las virtudes personales. Siguiendo el ejemplo concreto de la valentía, imaginemos un joven recién licenciado que ha tenido un ambiente familiar donde se le ha enfatizado que debe de ser siempre el número uno, por encima de todos los demás, y de la forma que sea. Esta presión acumulada puede derivar en los inicios de la carrera profesional en decisiones precipitadas, temerarias, imprudentes, todo ello para satisfacer la urgente necesidad, tanto interna como externa, de éxito. Este es el ejemplo de jóvenes ejecutivos que se ven seducidos por el éxito indiscriminado e inmodulado y, en contra de su ética personal, toman decisiones para enriquecerse y enriquecer a las empresas que representan, todo ello a costa de perjudicar sensiblemente a terceras personas. Así se explican operaciones bancarias especulativas, estafas piramidales tipo Madoff, operaciones de blanqueo de dinero, comisiones ilegales, todo ello exponiéndoles a situaciones donde, en muchos casos, pueden llevarles a delitos legales o a la ruina propia o ajena. La virtud natural de valentía se ha desnaturalizado y se ha convertido en temeridad; o, podríamos decir también, la abundancia se ha convertido en avaricia. La presión, tanto externa como interna, ha transformado virtudes equilibradas en virtudes desequilibradas. Obviamente, las virtudes personales también pueden transformarse hacia el polo bajo del continuo. Un joven ejecutivo que no haya sido valorado apropiadamente y que haya sido educado en un ambiente temeroso y de inhibición, animándole a evitar siempre el fracaso, puede desarrollar miedo e inseguridad. En este caso, la valentía está minimizada o restringida más que desnaturalizada. La desnaturalización se produce cuando, en el afán de desarrollar la virtud óptima, uno se pasa del punto de equilibrio por exceso.

La desnaturalización de las virtudes, aunque frecuente en los comienzos profesionales, ocurre también en otros momentos del ciclo vital, siendo en algunos casos muy notoria. En estas etapas, la resistencia al cambio suele ser mayor, y suelen aparecer en la superficie de la conciencia los puntos oscuros o frágiles con mucha claridad hacia el mundo externo. Normalmente, cuando las presiones tanto externas como internas no han sido resueltas de forma satisfactoria, se desencadena una desnaturalización de virtudes. Se explica así que personas acostumbradas a la relevancia profesional y social, cuando llegan a etapas donde su energía y brillo ya no son como antaño, se autoengañan o se justifican, produciendo desviaciones desajustadas en la expresión de sus virtudes. Las carencias o conflictos no resueltos se expresan de forma engañosa, detectándose, por ejemplo, comportamientos pseudonaturales, falsos, embusteros, parásitos y justificaciones personales de comportamientos antiéticos, apropiándose del conocimiento ajeno. En el ámbito más intelectual, se encuentran en este grupo personas en el ocaso de su carrera que se aprovechan de jóvenes doctorandos o investigadores pujantes, apropiándose de su trabajo o coaccionándolos a darles lustre y servicio incondicional. En el ámbito más empresarial, se encuentran en este ámbito, empresarios oportunistas y devoradores que, prometiendo el desarrollo y mecenazgo de inventores, se aprovechan de ellos, apropiándose de sus ideas y o posibles patentes, explotándolos hasta la última gota. Estos ejemplos aquí expuestos en el ámbito profesional también se extienden a otros ámbitos, como el familiar, social y de pareja. Las crisis que señala el psicoanalista Erik Erikson, algunas de ellas con un buen soporte científico, son ejemplos interesantes. Las personas, llegadas a ciertos momentos del desarrollo, se enfrentan con retos complejos como son, por ejemplo, el sentido a la vida, el envejecimiento y el decaimiento biológico, y que pueden generar mecanismos de afrontamiento desajustados. Así, el optimismo natural ante la vida se puede convertir en una negación continua de realidades personales, y esto puede generar tensiones de pareja, tensiones familiares y sociales que pueden afectar al trabajo y la salud.

La prevención de la desnaturalización de las virtudes es importante que se realice en edades tempranas, aunque nunca es tarde. A pesar de que no identifiquemos este fenómeno, puede estar presente ya en nuestras vidas sin darnos cuenta de ello. Cierto es que nuestra imaginación es poderosa y necesaria para cambiar lo que no nos gusta de nosotros mismos y de los que nos rodea. Pero, en cualquier caso, es fundamental tener un contrapeso para no patinar o desvariar en el uso de nuestra imaginación. De la creatividad al delirio hay una distancia pequeña, fácil de recorrer si no existe el contacto con otras personas; de la convicción al obcecamiento hay una puerta fácil de abrir; de ser hábil a aprovecharse de los demás hay una sutil pero sensible diferencia no reconocida por algunas personas; de la sugestión a la seducción manipulativa hay una diferencia cualitativa, pero entre ellas no hay mucha lejanía y la tentación puede ser fuerte; del optimismo ilusionante a la negación existe una distancia, pero que se recorre fácilmente cuando la vida nos trae acontecimientos dolorosos. En resumen, el traspaso de esa línea hacia la desnaturalización de las virtudes puede ser, por momentos, fácil. Para regular estas tentaciones o fuerzas prodesnaturalizantes, se hace necesario el desarrollo de fuerzas reguladoras, así como la validación de nuestros enfoques y acciones. El mundo se puede equivocar, pero la mayor equivocación es desconectarse del mundo por nuestras presiones internas o externas. Que alguien te proporcione “feedback” u opinión sobre lo que haces, es un elemento importante de validación de tus presupuestos, que debe ser integrado con otros elementos de criterio externo (por ejemplo, los resultados visibles) y de criterio interno (por ejemplo, cómo te sientes). Esta actitud de aceptar y tener en cuenta la visión de los demás  propicia el desarrollo de tu convicción y determinación, pero con la humildad necesaria para no descarrilar o desnaturalizar tus virtudes.
Nota. Para ampliar más el tema puedes consultar otros artículos sobre la temática:

http://www.psicologiasaludable.es/index.php/guia-de-la-psicologia-saludable/49-guiapsicosalu6
http://www.psicologiasaludable.es/index.php/guia-de-la-psicologia-saludable/51-guiapsicosalu8

 

 

Valor, confianza en uno mismo y equilibrio

“Confía en ti mismo”, “ten una alta autoestima”, “confía en tus capacidades”, “vete a por todas”o “a por la victoria”, son dichos que la gente considera importantes para tener éxito. Incluso, se han convertido en autoafirmaciones, a modo de mantra, que las personas se dicen a sí mismo o exteriorizan en diferentes situaciones de la vida. Tenemos multitud de ejemplos de interjecciones, gritos y onomatopeyas que los guerreros utilizaban (y utilizan) antes del combate o batalla:¡¡ Abú!!, por parte de los guerreros celtas, queriendo decir “hasta siempre o hasta la victoria”; ¡¡Alala!!, muy similar a Hallelujah, grito de júbilo, utilizado por los guerreros de la Antigua Grecia; ¡ Banzai !, grito  utilizado por los pilotos japoneses kamikazes durante la Segunda Guerra Mundial, con un significado de “¡viva!” o literalmente “diez mil años”. Estos gritos que ejemplifican el valor, permanecen en nuestros días, por ejemplo entre los deportistas, con expresiones tales como ¡vamos! La interiorización del valor y de sus manifestaciones está relacionada con la experiencia interna de la confianza en uno mismo o con la convicción. Cuando alguien confía en sí mismo, reexperimenta internamente estos gritos y onomatopeyas, armándose de valor en situaciones complicadas o estresantes. La exteriorización pública de estas frases probablemente esté ligada a la cultura; las culturas más orientales, menos expresivas hacia fuera y dirigidas hacia el mundo interno, expresan su confianza y valor de forma más encubierta.

El valor y la confianza, elementos fundamentales en nuestra vida,  necesitan un contrapeso para equilibrar los desajustes de un exceso de ambos. El exceso de confianza en uno mismo lleva a la soberbia y a la desconsideración narcisista; el exceso de valor lleva a la temeridad a uno mismo y a otros. Un punto de equilibrio es apropiado: confiar en uno mismo sin desvariar y avasallar, abierto a ideas y respetuoso con los demás, y tener valor, siendo consciente del riesgo y de las emociones y consecuencias asociadas. Los factores de equilibrio o de regulación son los más difíciles de encontrar en nuestra sociedad, ya que suelen ser los últimos en desarrollarse. Así, cuando alguien experimenta éxito desbordante, no quiere saber y/o no suele tener idea, ni de la caída que puede tener, ni de las consecuencias adversas de lo que hace. En nuestra educación aprendemos a tener éxito, a competir, a esforzarnos, a ganar, incluso a perder; pero difícilmente, nos enseñan a desarrollar la modestia, la humildad o el respeto. Suele ocurrir, que la vida nos da una lección sin nosotros buscarla; es, entonces, cuando nos interesamos por estos elementos reguladores de nosotros mismos. Finalmente,  te das cuenta de que tu poder es inmenso, sí, tienes confianza y valor; pero tu poder es una gota insignificante en un océano. Es la paradoja de ser todo y ser nada al mismo tiempo; ese es el punto de equilibrio.

El poder de la humildad

Cuando en la vida nos acostumbramos al éxito, se produce una adicción tal a esta experiencia, que en el ímpetu de seguir o ascender todavía más en la senda exitosa, podemos descarrilar con estrépito. Este descarrilamiento se puede producir en muchas facetas de la vida: el gobernante-estadista que conduce a un país con éxito, tiende a creer en su infalibilidad y certeza en todas sus acciones futuras; el inversor en bolsa que acumula grandes plusvalías en años, tiende a creer que sus análisis son perfectos y que siempre lo serán; el constructor que ha vivido grandes años de bonanza económica, cree que su negocio es una fuente ilimitada de ingresos y que siempre lo será. Cuando la evidencia trastoca por completo los planes de uno, la experiencia es dolorosa y suelen pasar dos cosas: o bien, aparece el miedo y el pánico, creyendo que es el fin del mundo y que nada volverá a ser como antes, desconfiando hasta de uno mismo; o bien uno se empecina y se autoafirma en su posición de centralidad, negando las evidencias y rechazando revisar los propios planteamientos, por si fueran inadecuados o incorrectos. En este último caso, la sensación de (pseudo)seguridad en uno mismo es tal, que no es posible ver otras posibilidades; el recuerdo del éxito nubla la conciencia. Ante este panorama, parece difícil encontrar una solución. Para vivir, se necesitan conocimientos, temple, determinación, persistencia y  convicción en lo que hacemos. La pregunta es cómo desarrollar la propia convicción sin descarrilar. El mundo es como el mar, bello y gratificante, lleno de vida, pero también con parajes donde habitan voraces depredadores- como los tiburones- ante los cuales la vacilación es mala compañera. ¿Es posible vivir con convicción en lo que haces, sin ser un depredador, o sin que tu propia convicción te ciegue?

Se dice que la humildad es una gran virtud, y que implica un conocimiento de las propias limitaciones y debilidades que acompañan a nuestras aptitudes y/o virtudes. Es algo así como el contrapeso de nuestras ambiciones, aspiraciones, deseos, metas y propósitos. Igual que en Física la fuerza centrípeta “equilibra” y posibilita una trayectoria circular ajustada, la humildad equilibra otras fuerzas de la Naturaleza humana como la codicia, la necesidad de poder, la ambición o la adicción al éxito. Humildad es un término que proviene de humilitas (del latín), que a su vez deriva de la raíz humus; es decir, hace referencia a partes “bajas” en el suelo, pero que curiosamente son las partes que aportan fertilidad a la tierra. Es gratificante comprobar la belleza de una planta o el sabor de sus frutos, pero no somos conscientes de que gran parte de ello se está generando en el humus. De igual forma, el cultivo de uno mismo, comienza en el suelo y no en las partes “visibles”, ostentosas, pero frágiles sin los micronutrientes psicológicos apropiados. En el suelo se encuentra la humildad; es más fácil dejarse seducir por las partes relucientes, pero la belleza se apaga o deteriora si no se presta atención debida a la humildad. El cultivo de la humildad se realiza a partir de dos tareas fundamentales:

a.- La toma de contacto con el “reflejo de poder”, o reflejo fruto de necesidades emocionales insatisfechas; se trata de una engañosa sensación de que uno puede con todo y de que quiere éxito a toda costa. A diferencia del poder equilibrado por la humildad, el reflejo de poder aparece de forma incongruente con otros aspectos de uno mismo y fuera de nuestra conciencia: tiene que ver con la experiencia de insaciabilidad y de adicción al poder. Así, por ejemplo, el estadista que ha gobernado con éxito se siente insaciable y quiere pasar a la Historia y ser alguien único, cometiendo entonces errores desde su necesidad insatisfecha; o el inversor exitoso en los Mercados Financieros, se plantea el reto de subir más niveles de rentabilidad, arrastrado por su necesidad de más poder y éxito, cometiendo entonces errores infantiles fruto de su codicia, arruinándose o llevando a otros a la ruina.

b.-  El cultivo de la humildad, no como freno o desvalorización, sino como elemento regulador de otras emociones y fuerzas intensas de la naturaleza humana, es el siguiente paso. Parte del trabajo está en el recuerdo del paso anterior, haciendo un seguimiento del “reflejo de poder”; la otra parte tiene que ver con el desarrollo de una actitud vital algo así como: “Pon toda tu energía por el éxito y el triunfo en lo que hagas, pero con humildad: el mayor éxito es existir y desarrollar tus potencialidades; lo demás es accesorio”

 

Frente a frente con un “Narciso”: cómo tratar con el ego propio y el ajeno

               Seguro que a lo largo de nuestra vida hemos tenido alguna oportunidad de toparnos con personas que se creen superiores y siempre poseedores de la verdad, y que no prestan atención alguna a lo que hacen los demás; incluso, puede ser que en algún momento de nuestra vida, hayamos tenido ramalazos de este complejo de superioridad sin límites, en la que los puntos de vista ajenos no existen. Tradicionalmente, se ha denominado a estas personas como narcisistas, aludiendo al mito de Narciso, joven de una gran belleza que, según cuenta la mitología griega, rechazaba a todas las doncellas, incluida la ninfa Eco. Finalmente, castigado por los dioses, se enamoró de su propia imagen que vio reflejada en un río; este enamoramiento fue tan fuerte que le hizo arrojarse a dicho río para abrazarse a su imagen, con tal desgracia que se ahogó y murió.

               Cuando un “Narciso” aparece hay varias señales inequívocas. Muestran una referencia constante a sí mismo y de forma sobrevalorada; se vanaglorian, apropiándose a veces de méritos de los demás que hacen suyos y exclusivos; tienen una necesidad de una reverencia continua y admiración a su persona; no toleran el estar en un lugar secundario o falto de protagonismo; y tienen un autoconvencimiento irreal en sus propias ideas, actitudes y acciones, desconsiderando y minusvalorando otros puntos de vista distintos. Cuando planteas alguna iniciativa, los narcisistas siempre miran en primer lugar si eso satisface su deseo de primacía y de importancia; no utilizan el criterio de si algo es apropiado o correcto, lo que cuenta es si yo voy a ser importante o no. Soportar a un “Narciso” es  un sufrimiento para todos los que están en su entorno cercano. No así para los distantes, siempre que sean como admiradores lejanos que buscan una figura de referencia importante e inaccesible en la que identificarse. Ser un “Narciso” puede también hacer sufrir al propio individuo narcisista, cuando los resultados que espera, o la importancia y reconocimiento que exige, no se producen. En algunos casos, el narcisismo también puede ser una señal de una autodesvalorización que intentan compensar con una búsqueda desmesurada de reconocimiento e importancia.

               Enfrentarse al Narcisismo requiere dos acciones, en la mayoría de las veces aplicables tanto para el “Narciso” como para el que lo sufre en su entorno. Primero,  detectar los rasgos narcisistas dentro de uno, algo que puede hacerse viendo los efectos que producimos en los demás y sintiendo en propia carne las necesidades insatisfechas, envidia de lo ajeno y sentimientos de desvalorización y de falta de aprecio dentro de uno. Segundo, cultivar la humildad con determinación,  haciéndola un pilar básico de nuestras relaciones interpersonales. Esto nos llevará a desinteresarnos por individuos que requieran atenciones fuera de lugar y que sean desconsiderados con nosotros; y, por otra parte, nos ayudará a mostrar una suave pero firme actitud para poner límites a  nuestro ego y al de los demás.