A propósito del primer contagio por ébola en España: el mecanismo de defensa de proyección

fotos noruega 046Ciertos hechos que en nuestra sociedad parecen sorprendentes e incomprensibles, tienen una explicación desde un punto de vista psicológico, que no una justificación. A propósito del caso de Teresa Romero, auxiliar de enfermería infectada de ébola en España, observé estupefacto las declaraciones del Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Javier Rodríguez, en las que culpabilizaba a la sanitaria de haber negado sistemáticamente que hubiese cometido un error al desvestirse del traje y de haber ocultado a su médico de cabecera que había tratado a un enfermo de ébola. Es curioso que un político acuse a una profesional sanitaria de negar y ocultar información, cuando justamente el contenido de sus acusaciones son características frecuentes de los políticos. La función política, si por algo se caracteriza, desafortunadamente, es por la opacidad en cómo se manejan las noticias y los acontecimientos, negando, ocultando y distorsionando la información. Estos son requisitos implícitos en el funcionamiento de la política, tal como la conocemos hoy en día. Poca gente asocia la función política con transparencia, veracidad y ajuste a la realidad, elementos necesarios para que los ciudadanos tengamos conocimiento de lo que ocurre. Esta forma de obrar, aunque pasa desapercibida en el día a día, “chirría” cuando ocurren situaciones críticas o inesperadas, que se escapan de las situaciones cotidianas. En las situaciones inesperadas y críticas de alto nivel de estrés, algunas personas – entre ellas, muchos políticos- reaccionan inconscientemente proyectando sus miserias y aspectos inaceptables de ellos mismos en otras personas. Este es un mecanismo de defensa psicológico denominado de proyección que permite poner en el exterior, en otras personas, los elementos inaceptables y negativos de uno mismo. Así la persona que proyecta estos elementos negativos se siente bien, con una sensación de bienestar, corrección y perfección, mientras que la persona que recibe las proyecciones negativas se siente culpable y con malestar, como que ha fallado y que no es una persona valiosa. Estas proyecciones negativas llegan a su máxima intensidad cuando aparecen personas con rasgos paranoides o narcisistas. Los narcisistas, para preservar su imagen de grandiosidad, infalibilidad, perfección y prestigio idolatrado, proyectan en otros, de forma extrema en sus subalternos, multitud de rasgos y emociones negativas, imperfecciones y errores, buscando en ellos fallos por muy insignificantes que sean, acusándoles de incompetencia y ocultando sus virtudes y logros positivos.
La proyección, no obstante y afortunadamente, tiene otra cara, cuando se proyectan elementos positivos. Por ejemplo, una madre puede proyectar elementos positivos sobre su bebé o hijos, tales como amor, deseo y confianza en que crezcan saludables, o que tengan éxito y bienestar. Así el niño sabe que ha sido y es deseado y valorado por los demás, y crece con una confianza que ha adquirido a partir de estas primeras proyecciones. Por supuesto, las proyecciones positivas deben ser transmitidas con mesura. La proyección indiscriminada y distorsionada de elementos positivos, muchas veces fantasiosos e irreales, puede producir arrogancia en el desarrollo de las personas, llevándoles en el extremo a un complejo o delirio mesiánico, con ideas megalomaníacas irreales. Por ello, es recomendable, sean cuales fueran las proyecciones que recibamos, el tener conciencia de ellas. Este conocimiento permite crear elementos propios, en cierta medida independientes de todas las proyecciones recibidas tanto de nuestros progenitores como de nuestros educadores, maestros y personas más próximas e influyentes sobre nosotros.

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El síndrome del gurú: el poder del criterio

Acabo de leer una noticia que me ha impresionado: “los seguidores de un gurú muerto lo meten en un congelador al creer que estaba meditando” (noticia en http://www.lavanguardia.com/internacional/20140314/54403626554/seguidores-guru-muerto-meten-congelador-meditando.html). Habiendo tenido un infarto certificado clínicamente por tres médicos, su círculo íntimo de colaboradores lo niega y hace una llamada al resto de seguidores para que mediten y aprovechen las buenas vibraciones del estado de meditación profunda del Gurú Ashutosh Maharaj. Obviamente, este caso extremo de locura grupal se puede entender como un trastorno psicótico compartido o “folie a deux”, en el que un grupo comparte una creencia delirante que se asume como verdad, pudiendo ser impuesta por alguien del grupo. Sin embargo, este hecho sorprendente y extraordinario, sirve para ilustrar la importancia del criterio en nuestras vidas, y cómo muchos falsos maestros usurpadores del criterio personal pueden destruir o secuestrar vidas fácilmente. En muchos de los cursos que he asistido y/o impartido a lo largo de mi vida, he detectado un perfil entre algunos asistentes que, de caer en manos de un supuesto gurú, podrían perder su criterio. El perfil se corresponde con personas sugestionables, empáticas, dependientes, idealistas, buscadoras de conocimiento, honestas, trabajadoras, necesitadas de reconocimiento y valoración, centradas en las necesidades de los demás más que en sus propias necesidades y con rasgos de inocencia, teniendo dificultad para ver dinámicas nocivas en las personas que idealizan. Por el contrario, los gurús que podemos denominar “usurpadores” o “ladrones” del criterio propio, presentan unas características distintivas y, en gran medida, complementarias con las de sus seguidores: gran capacidad de sugestión y seducción, explotadores y utilizadoras de las personas, pragmáticas y manipuladoras, más centradas en la fachada que el ser uno mismo, autocentrados en sus necesidades despreciando o ninguneando las de otros, maquiavélicos y con el sentimiento de ser únicos, elegidos y dignos de admiración, vanagloriándose de forma constante e induciendo a sus seguidores a que le admiren desmesuradamente.

A la luz de estas reflexiones, sólo nos queda preguntarnos si hay gurús verdaderos, y cómo prevenir y detectar la usurpación de nuestro criterio. Empecemos por lo último, aunque sencillo, no obstante difícil de detectar si alguien está ciego o abducido por un gurú, ya que negará por activa o por pasiva que esto le esté ocurriendo. La acción de un falso gurú se detecta por lo siguiente, básicamente:

1.- Es encantador al principio e, incluso, te engatusa, valorándote como nadie lo había hecho. Esta valoración inicial, se mantiene posteriormente, aunque ya intercalada con actos de reprobación de todo aquello que hagas, pero no esté de acuerdo a sus criterios. Esta dualidad en el mensaje, que esconde un condicionamiento de la valía– eres valioso, pero sólo si haces lo que te digo-, es característica de los grupos sectarios. De esta forma, se genera un sentimiento complejo, mezcla de agradecimiento y de imperfección con culpabilidad, semejante a lo que se siente cuando se establecen los dobles vínculos, témino que acuñó y conceptualizó el antropólogo Gregory Bateson; es decir, vínculos con mensajes contradictorios difíciles de asimilar por el receptor.

2.- Proclama que hay un conocimiento interno por descubrir, y  que su método es superior al de los demás para dicho descubrimiento. Es decir, este descubrimiento interno se produce con su método y sugiere, muy hábilmente, que el resto de métodos no son tan valiosos como el suyo.

3.- Tolera muy mal que alguno de sus seguidores se abra a nuevos métodos, o a nuevos criterios para ese descubrimiento interior, de forma que cuestiona o reprueba tales comportamientos de forma, o bien abierta, o bien sutil. Igualmente, reprueba o critica la búsqueda de validación personal con otras fuentes externas; por ello, los grupos sectarios terminan por ser cerrados, para que los seguidores no tengan acceso a otra validación personal de contraste.

4.- Normalmente, es muy celoso con su conocimiento, no mostrando abiertamente su origen, ya que sus seguidores podrían detectar que no es suyo, o que no es tan especial como proclama. El falso gurú, en ningún caso, acepta aprender de otro gurú o persona con conocimiento, ni acepta tener menos conocimiento que otros sobre alguna faceta de su especialidad. Por ello, nunca se perfecciona en público con el aprendizaje de nuevas facetas o disciplinas, porque en su fachada no puede mostrar que sabe menos que otro.

5.- Por último, y muy importante, el falso gurú con sus técnicas de adoctrinamiento, produce una pérdida o abandono de los propios criterios personales; el gurú puede proyectar su doctrina en los demás seguidores, de forma que éstos sientan que los pensamientos y criterios de su líder son criterios auténticos que, supuestamente, han descubierto en su interior. Esto es el efecto de sugestión o inducción por proyección, fácil de producir en las personas con el perfil mencionado.

Finalmente, sólo nos queda cuestionarnos  la existencia de los verdaderos gurús. Los gurús verdaderos, en realidad, no existen, tal como se conciben por la sociedad. El único gurú verdadero es el que llevas dentro, y que descubre y aprende de la experiencia. Los psicoterapeutas, “coaches”, profesionales o expertos, tan sólo son vehículos para que las personas puedan conducir sus vidas y definir sus propios criterios. Un “buen gurú” es el que facilita el “selfcoaching” o autoentrenamiento, facilitando que definas tus propios criterios en base a las fuentes de conocimiento que hay en la vida. Si alguien intenta usurpar tu capacidad de criterio, no es un buen gurú o maestro: el poder del criterio siempre te pertenece.