Naturalidad

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Encontrarse con una persona que se muestra de forma natural, sin artificios adicionales y  sin clichés y máscaras sociales, es un disfrute. Es una experiencia semejante a la que nos encontramos con niños de hasta tres, cuatro e incluso más años, cuyo desparpajo nos asombra, nos divierte y nos enseña. Con el paso del tiempo, sin embargo, la socialización que incluye los modelos parentales y las costumbres o normas culturales aceptadas va poco a poco presionando a esa naturalidad hacia su inhibición u ocultamiento. Así en la edad adulta, las personas muestran una mayor rigidez, que no consistencia, en su manera de expresarse y ser en muchos ámbitos, como el familiar, social, laboral o incluso en el más privado o íntimo.

Respetarse a uno mismo y a los demás, mostrándonos de forma natural en nuestro necesario proceso de socialización es un reto desde que nacemos hasta que morimos. Para expresarse de forma natural, no hace falta ni ser excepcional, ni intentar deslumbrar a nadie. Sí es recomendable encarar la vida y el ser uno mismo como un descubrimiento, más que como un logro o consecución. Ser natural está asociado al descubrimiento incondicional de uno mismo y a la sorpresa, entre todas las rutinas y normas sociales con las que convivimos. Es esta capacidad de sorprender un poder capaz de penetrar en lo más profundo de las personas, aportando sosiego estabilidad y confianza tanto en el que sorprende como en el sorprendido.

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El sentimiento de “querer ser alguien”

Hace unos días, buscando en internet una referencia bibliográfica de un artículo de un colega y amigo, me encontré con algo curioso, aunque parece ser bastante habitual. En un blog, una escritora y joven psicóloga tenía un post sobre el concepto que había acuñado y construido mi amigo, y copiaba literalmente la definición,  haciéndola como propia. Es decir, había hecho un “cortar y pegar”, todo ello sin referencia alguna a su autor original; y, además, agradecía las felicitaciones e intervenciones de sus lectores. Intervine, entonces, en su blog, dejándole cortésmente las referencias originales de dicha información. El caso es que al día siguiente, me encuentro que mi intervención había sido borrada, y había cambiado ligeramente el orden de los párrafos, aunque mantenía la definición literal. Era como una especie de lavado de imagen.  Aparte del mercadeo y barra libre del conocimiento, sin pudor alguno en plagiar lo que otros han pensado o dicho- algo que las nuevas tecnologías favorecen-, me interesó algo relacionado con los sentimientos que están en juego en estos despistes, errores o plagios. Cuando nacemos, socialmente se nos prepara, o se nos predispone, para “ser alguien en la vida”; incluso, en las familias y en la escuela es  frecuente el dicho de “tienes que ser alguien en la vida”.  Este “tener que ser alguien en la vida” lleva consigo unos sentimientos complejos y unas necesidades insatisfechas. Es cierto que las personas necesitan autorrealizarse en la vida, pero esa motivación puede generar un bloqueo de la capacidad natural para ser uno mismo. Ser uno mismo, auténtico, genuino, tomar contacto con tus capacidades y desarrollar tus potencialidades no se basa  en la motivación de “tener o querer ser alguien en la vida”, sino en el impulso vital que emerge del neonato y que tiende de forma natural a expresarse, descubrir y buscar salida a su potencialidad. La labor de los educadores no es dirigir la vida hacia “el tener o querer ser alguien”, sino dar posibilidades en la vida y aportar confianza en el desarrollo de las potencialidades de uno mismo. Querer o tener que ser alguien es incompatible con el hecho de ser tú mismo; cuando quieres o tienes que ser alguien, te descentras de tu ser auténtico o genuino por descubrir.

El sentimiento de “querer ser alguien en la vida” es muy incómodo, además de alejarte de tu self auténtico. Puede aparecer de varias formas, con distintos ropajes. Por una parte, puede aparecer con el ropaje más narcisista y egocéntrico, arrogante y ensimismado en su autopercepción distorsionada; pueden aparecer en este grupo, desde políticos o empresarios megalomaníacos hasta artistas, científicos y pseudocreadores de “nuevos conceptos o teorías”,  que rechazan o desacreditan todo lo que han recibido o aprendido previamente de sus maestros. En general, personas de cualquier profesión pueden encontrarse en este grupo, aunque obviamente suelen ocupar posiciones de gran reconocimiento social. Por otra parte, un segundo grupo, lo constituyen aquellos que reclaman mayor atención o reconocimiento y sufren porque no son reconocidos como creen deberían serlo. El sentimiento básico  es el de que no se les tiene en cuenta, que se les margina,  o que sus necesidades u opiniones son obviadas. Hay una frase frecuente que seguramente habrán escuchado  y que define los conflictos de las personas de este grupo: ¿Pero quién te crees que eres?. Por último, una tercera forma de manifestación, no incompatible con las dos restantes, es la de la envidia. Cuando no eres tú mismo y te centras en “querer ser alguien”, siempre hay un sentimiento de insatisfacción. Esa insatisfacción, puede derivar en una envidia no tanto de los conocimientos, sino del “estado de reconocimiento social” de otras personas. La envidia es un sentimiento que puede derivar en otros sentimientos y comportamientos auto y heterodestructivos que te desenfocan de la tarea de descubrirte a ti mismo.

El primer paso para descubrir tu self auténtico con sus potencialidades es conocer – y reconocer-  dónde estás, y aprender a navegar en estas dinámicas emocionales contradictorias y paradójicas que coexisten en ti mismo. A partir de aquí empieza el descubrimiento  y desarrollo de tu potencial y de tus proyectos vitales genuinos.