“No hacer nada o dejar de hacer algo” ante la angustia y sufrimiento vital

Cuando tenemos problemas que inundan nuestra vida y, con frecuencia, nuestra mente, surge la necesidad de resolverlos o darles soluciones eficaces. En la cultura del logro en la que estamos inmersos, las personas buscan con ahínco una salida o una solución a sus preocupaciones y a los desafíos vitales. Si algo nos molesta, la primera reacción automática es eliminar dicha molestia o ver la forma más rápida de huir o evitarla. La llamada sociedad del bienestar nos hace partícipes de que el dolor es un elemento al que debemos derrotar. Los farmacólogos, así pues, desarrollan fármacos de la felicidad, que desencadenan en unos segundos o minutos una sensación de relajación y de anestesia; los psicólogos y científicos del comportamiento diseñan métodos para producir efectos de relajación y de bienestar, como si sustuituyesen a los fármacos, y sin sus efectos secundarios. En general, esta filosofía curativa contra el sufrimiento y la angustia está presente en muchísimos otros profesionales sanitarios o para-sanitarios. Por otro lado, las nuevas tecnologías de la información, con internet a la cabeza, permiten a cualquier persona estar informado de todo y al instante; sólo es necesario saber dónde encontrar la información. Como resultado de esta mezcla de necesidad de soluciones inmediatas y del acceso a la información de forma masiva, la gente vive con un sentimiento de urgencia o inmediatez y con un conocimiento ya preformado. Los profesionales sanitarios en el ámbito psicológico nos encontramos, con más frecuencia, al paciente que dice saber lo que le pasa y saber lo que necesita; tan sólo buscan un profesional que les diga cómo se hace una determianda técnica, o que le dispense una determinada medicina.

La información no es sólo importante, sino fundamental, para las personas. Pero no sólo importa el contenido, sino también el continente y la forma en que se transmite dicha información. Cuando alguien experimenta angustia, ansiedad, pensamientos incesantes, necesidad de control en su vida, desesperación con una actividad frenética compensatoria, puede creer que su problema es que no hace lo suficiente y/o lo apropiado para solucionar su problema. De ahí que, en ocasiones, las personas que sufren, busquen más soluciones en internet y consulten a una gran cantidad de expertos o gurús famosos, a priori en posesión de la luz y el conocimiento necesarios para que sean felices. Cuando encuentran lo que consideran ideal, practican métodos muy sofisticados – lo último de lo último-, y tienen una sensación subjetiva de que están haciendo lo correcto, sintiéndose satisfechos, aunque a veces, agotados por el esfuerzo. En algunos casos, dependiendo del maestro o profesional con el que se hayan encontrado, aprenden que la solución no es el de hacer más cosas o actividades, sino el de aprender a dejar de hacer algo. Muchas veces, el no hacer nada es el aprendizaje más poderoso ante las experiencias de angustia y dolor. Aunque parezca una contradicción, “no hacer nada o dejar de hacer algo” es hacer algo psicológicamente. “No hacer nada” no quiere decir quedarse cruzado de brazos. Implica un proceso mental que consta de los siguientes pasos: (1) tomar conciencia de qué hace uno de forma automática; (2) no evaluar ni interferir con el proceso de respuesta automático (actitud de espectador) o, en otras palabras, “invitarse” a uno mismo a no hacer nada ante ese automatismo o necesidad de hacer algo y; (3) experimentar y explorar los sentimientos que se van presentando en ese estado de no hacer nada.

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Frente a frente con un “Narciso”: cómo tratar con el ego propio y el ajeno

               Seguro que a lo largo de nuestra vida hemos tenido alguna oportunidad de toparnos con personas que se creen superiores y siempre poseedores de la verdad, y que no prestan atención alguna a lo que hacen los demás; incluso, puede ser que en algún momento de nuestra vida, hayamos tenido ramalazos de este complejo de superioridad sin límites, en la que los puntos de vista ajenos no existen. Tradicionalmente, se ha denominado a estas personas como narcisistas, aludiendo al mito de Narciso, joven de una gran belleza que, según cuenta la mitología griega, rechazaba a todas las doncellas, incluida la ninfa Eco. Finalmente, castigado por los dioses, se enamoró de su propia imagen que vio reflejada en un río; este enamoramiento fue tan fuerte que le hizo arrojarse a dicho río para abrazarse a su imagen, con tal desgracia que se ahogó y murió.

               Cuando un “Narciso” aparece hay varias señales inequívocas. Muestran una referencia constante a sí mismo y de forma sobrevalorada; se vanaglorian, apropiándose a veces de méritos de los demás que hacen suyos y exclusivos; tienen una necesidad de una reverencia continua y admiración a su persona; no toleran el estar en un lugar secundario o falto de protagonismo; y tienen un autoconvencimiento irreal en sus propias ideas, actitudes y acciones, desconsiderando y minusvalorando otros puntos de vista distintos. Cuando planteas alguna iniciativa, los narcisistas siempre miran en primer lugar si eso satisface su deseo de primacía y de importancia; no utilizan el criterio de si algo es apropiado o correcto, lo que cuenta es si yo voy a ser importante o no. Soportar a un “Narciso” es  un sufrimiento para todos los que están en su entorno cercano. No así para los distantes, siempre que sean como admiradores lejanos que buscan una figura de referencia importante e inaccesible en la que identificarse. Ser un “Narciso” puede también hacer sufrir al propio individuo narcisista, cuando los resultados que espera, o la importancia y reconocimiento que exige, no se producen. En algunos casos, el narcisismo también puede ser una señal de una autodesvalorización que intentan compensar con una búsqueda desmesurada de reconocimiento e importancia.

               Enfrentarse al Narcisismo requiere dos acciones, en la mayoría de las veces aplicables tanto para el “Narciso” como para el que lo sufre en su entorno. Primero,  detectar los rasgos narcisistas dentro de uno, algo que puede hacerse viendo los efectos que producimos en los demás y sintiendo en propia carne las necesidades insatisfechas, envidia de lo ajeno y sentimientos de desvalorización y de falta de aprecio dentro de uno. Segundo, cultivar la humildad con determinación,  haciéndola un pilar básico de nuestras relaciones interpersonales. Esto nos llevará a desinteresarnos por individuos que requieran atenciones fuera de lugar y que sean desconsiderados con nosotros; y, por otra parte, nos ayudará a mostrar una suave pero firme actitud para poner límites a  nuestro ego y al de los demás.