La despersonalización tecnológica: el sistema

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He aquí un relato con el que fácilmente nos podemos sentir identificados en algún momento:

“Me levanto una mañana con un mensaje en mi correo electrónico: tercera notificación de impago de una empresa de alojamientos y servicios relacionados con la web. Les llamo sorprendido y nos damos cuenta de que tenían el número de una tarjeta de crédito caducada. Todo parecía correcto hasta que les pregunto que las cantidades a facturar no me concuerdan con el hosting contratado. Entonces me hacen referencia a un correo electrónico que me habían enviado hacía más de tres meses en el que me avisaban de que si no actualizaba la versión de un soporte técnico me cobraban una cantidad adicional al mes. Es decir, me hacían un cargo en cuenta sin mi consentimiento expreso. Obviamente, en el correo electrónico recibimos tanta información que gran parte de ella pasa inadvertida. Tras varias gestiones, se soluciona el problema; me dicen que cancelan el servicio suscrito sin mi consentimiento y que no se carga esa cantidad a la tarjeta. Al día siguiente, me levanto y… un mensaje en mi smartphone: nuevo cargo en tarjeta de crédito. Increíble, me habían pasado al cobro esa cantidad. Vuelvo a llamar. Les muestro mi incomodidad con la situación y me dicen que el cargo estaba en el sistema y que ya no se puede hacer nada, pero que no me preocupe, que al día siguiente se procede a la devolución. Como manifestó la persona de atención al cliente, el sistema no se puede paralizar por un caso.”

Esta situación aparentemente trivial y sin importancia esconde, bajo mi punto de vista, uno de los peligros de la digitalización. La máquina finalmente toma el poder por omisión de las personas,  y trata a éstas como elementos del sistema, de tal manera que no importan los sentimientos o las intenciones de cada una de ellas. No eres más que un dato más a procesar. Si bien la despersonalización ya se ha encontrado con anterioridad en servicios de archivo y atención al público, la era digital amplifica los efectos de la despersonalización. Ya no importa lo que uno diga, haga, piense, sienta o intente; lo que importa es lo que está registrado en el sistema. Además, las tropelías que haga el sistema no tienen, en la mayoría de los casos, consecuencias judiciales ni para él, ni para sus supervisores. Al sistema no se le juzga por delincuente, ni se le impone una multa; su actuación siempre se justifica fácilmente con expresiones tales como “el sistema se ha venido abajo”, “el sistema está sobrecargado”. El sistema carece de responsabilidades y los supervisores aluden a fallos del sistema cuando ocurre una tropelía.

Tener capacidad para elegir lo que quieres para tu vida, sin que te sea impuesto por un sistema, es un gran desafío ante el que nos encontramos. Los sistemas pueden hacernos creer que tenemos el control sobre nuestras vidas, cuando en realidad son ellos los que nos controlan.  La vuelta al trato personalizado, donde las personas vuelvan a ser protagonistas de sus vidas, es el mayor antídoto para este virus contagioso de la digitalización. Allá donde haya despersonalización, pongamos personalización; allá donde haya la frialdad del dato del sistema, pongamos el afecto de un vínculo interpersonal. Mantengamos nuestra condición humana como criterio fundamental de decisión, por encima de eso que llaman el sistema.

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La autenticidad inteligente

P1000806Ser auténtico implica actuar y expresarse de forma consistente o coherente con nuestros valores, principios, deseos y emociones. Quien encuentra a alguien auténtico, encuentra verdaderamente un tesoro. La autenticidad es una condición necesaria para cualquier tipo de actividad humana constructiva. Una pareja necesita autenticidad para llegar a buen puerto y tener una convivencia enriquecedora; una asociación necesita de socios o miembros auténticos que muestren sus puntos de vista sin ocultaciones y segundas intenciones; un amigo que se precie de ser un buen amigo, es auténtico para con uno y muestra su afecto sin otro fin ulterior; para que un niño se desarrolle con seguridad, bienestar y con actitudes constructivas, requiere de unos padres con cierta autenticidad. Si las personas no están inmersas en esta virtud o están impregnadas de su opuesto que es la ocultación y la falsedad, los vínculos interpersonales, el funcionamiento social y la salud personal se resienten y las relaciones entre las personas se deterioran.
No obstante, siendo la autenticidad un elemento fundamental para vivir, necesita de otros aderezos o complementos para que pueda triunfar entre las personas y en la sociedad. Es decir, la autenticidad “per se” no es suficiente, ya que estaríamos en riesgo de caer en actitudes inocentes ciertamente descompensadas. Por ejemplo, en una guerra ser auténtico puede ser ciertamente algo muy riesgoso; o alguien que está bajo el dominio férreo de un dictador o tirano no encuentra ni armonía ni sentido a mostrarse auténtico espontáneamente. Algunos libros oraculares ejemplifican estas situaciones vitales, tal como hace por ejemplo el I Ching o Libro de las Mutaciones con el hexagrama correspondiente al “oscurecimiento de la luz”. Se representan en este caso personas con conocimiento que ocultan su brillo, pasando desapercibidos o incluso simulando la locura para preservar así su vida y/o conocimiento. Obviamente, esta situación extrema es una manera de decirnos que la autenticidad necesita de prudencia e inteligencia para su expresión fructífera. Planteadas las premisas, planteo las preguntas. ¿Te reconoces como auténtico/a? Y en caso afirmativo, eres un/a auténtico/a inteligente-prudente o un/a auténtico/a inocente?

Las dinámicas de la codependencia y de su resolución saludable

Una persona vive los problemas de otra, como si fueran suyos, y se hace cargo de sus necesidades y demandas, olvidándose de sus propias metas, deseos y necesidades. Toda su vida está supeditada a las necesidades de otra persona, de forma que incluso llega a sentirse recompensada por la atención, reconocimiento y aprobación que la otra persona hace a sus esfuerzos. En cierta manera,  está sintiéndose o creyéndose importante; a veces, como un salvador para otra persona. Como se escucha, con frecuencia: “Es que sin mí, el chico no iría a ninguna parte” o “me necesita, porque está muy limitado, y mire, es que no puede hacer nada”. Estos comentarios pueden, por ejemplo, ser los de una madre y un padre, ambos sufridores, de los problemas de un hijo. Estas afirmaciones, además, reflejan varias  realidades:

1º Una persona puede, o no, tener problemas de diferente gravedad y puede necesitar más o menos ayuda.

2º Los acompañantes, familiares, amigos, educadores y/o parejas, pueden generar un síndrome de incapacitación en otras personas, o interferir en la solución de los problemas, al impedir que puedan manejar sus problemas y desarrollarse dentro de sus capacidades. En los casos más graves, pueden incluso generar incapacidades psicológicas en personas que no tienen ningún problema.

3º Los sufridores, o individuos al servicio de otra persona necesitada, adquieren una identidad basada en que son imprescindibles para otros y no son capaces de desempeñar otro rol diferente.

Los hechos hasta aquí descritos muestran la “codependencia”,  que se refiere a las conductas y dinámicas emocionales de aquellos que se hacen cargo de las necesidades de otras personas  en un grado tal, que sus propias necesidades se bloquean o se niegan por completo.   La codependencia se ha descrito, tradicionalmente, en ámbitos como las adicciones, el cuidado de personas con discapacidades o trastornos psicológicos.  Sin embargo, la codependencia es un concepto con un amplio espectro de aplicación adicional, entre los que se pueden destacar las dinámicas de familia, de pareja y las del trabajo. Independientemente del campo de aplicación, la codependencia aparece a través de dos dinámicas principales:

1.- La dinámica del sufridor imprescindible, que puede incluso ahogar a la persona que intenta ayudar. El perfil de este tipo codependiente es de aquel que basa su identidad y autoestima en el afecto de otras personas y, característicamente, busca alguien frágil o con problemas para llenar su identidad insatisfecha o incompleta. En algunos casos, este tipo de codependiente anula las capacidades de la persona “ayudada” y la incapacita para encontrar sus soluciones.

2.- La dinámica del codependiente idealizador y buscador de lo extraordinario. En este segundo caso,  el codependiente busca, inconscientemente, alguien excepcional o con características notorias, de forma que su relación con este personaje cree le proporciona valor y entidad. Esta idealización es captada o detectada por el individuo idealizado, que recoge esta fragilidad de la persona codependiente, utilizándola para que satisfaga sus necesidades. Así se producen conductas de explotación psicológica e instrumental, donde el flujo siempre es unidireccional, desde el codependiente al, en este caso, beneficiario y explotador de la situación. Normalmente, el perfil del explotador suele contener rasgos manipuladores o maquiavélicos, tal como presentan los psicópatas y/o narcisistas.

La codependencia  es una forma de vinculación no saludable, ya que vulnera la equidad bidireccional en las relaciones interpersonales. Toda relación interpersonal, para ser fructífera y generar un equilibrio en ambas partes, debe implicar un dar y recibir por igual. Cierto es que, en algunos casos, puede haber una parte que aporte más, porque tiene más que dar; pero dicho exceso no debe generar grandes desequilibrios, ya que produce tensiones en un sistema que pueden explotar o producir problemas en algunas de las partes integrantes. Si, por ejemplo, en una familia, un hijo adolescente explota a sus padres, exigiéndoles que se colmen sus deseos y necesidades, da lugar a que (1) el joven no desarrolle la tolerancia a la frustración, pudiendo en el presente, o en un futuro próximo, tener problemas de integración social; y (2) sus padres no disfruten de lo que producen, siendo un mal modelo para los más jóvenes y generando una vinculación insalubre en la sociedad. En otras palabras, se muestra en la sociedad que un adulto no puede autorrealizarse de acuerdo a sus capacidades e intereses, y que lo más fácil es convertirse en un parásito o vivir a costa de los demás. Por ello los desequilibrios en el dar y recibir son algo a evitar, y en el caso de que se produzcan es necesario neutralizarlos con alguna compensación.

Transformar la codependencia en una vinculación sana,  es un proceso que implica e integra los siguientes pasos:

1.- Detección de la codependencia en uno mismo.

Consiste básicamente en reconocer cuánto tiempo dedicas a objetivos de los demás y cuánto a objetivos y necesidades propias y/o compartidas; y en reconocer la respuesta emocional ante la atención a los demás.  Comprueba si el ocuparte de otras personas o problemas ajenos te hace sentir, aparentemente, bien e importante.

2.- Detección de las dinámicas y personajes/roles en la interacción y dinámica codependiente.

Percibe y siente el papel qué juegas en las interacciones interpersonales: ¿eres un “salvador”, el “imprescindible”, el “idealizador” sirviente-acompañante de los “importantes o extraordinarios”? Toma contacto con tus sentimientos, cuando no juegas alguno de estos papeles. En estos momentos, puedes sentir un cierto vacío o tristeza, como si no estuvieses lleno de vida.

3.- Retirada del rol codependiente y puesta de límites

Toma una decisión firme y con determinación a ejercer el rol de ti mismo. No estás al servicio de nadie ni nada. Tú decides el papel que quieres, y éste no es servir a los demás desequilibradamente. Pon límites y define concretamente qué funciones vas a ejercer, y qué es lo que vas a dar y qué quieres recibir en la interacción.

4.- Aceptar las sensaciones internas y construir nuevos vínculos bidireccionales

Cuando te retiras del rol codependiente, puedes pasar por un período de tristeza y de falta de sentido a tu vida. Te has dado cuenta del tiempo que has perdido repitiendo hábitos agotadores y estériles para ti. Incluso, puedes ver que la forma que has tenido de ayudar ha podido perjudicar a otras personas. Acepta el dolor, recuerda las experiencias afectivas de reciprocidad mutua equilibrada que has vivido y construye nuevos vínculos: por fin eres libre. Notarás el vacío ante la ausencia del relleno anterior, pero también la gratificante sensación de que estás construyendo una identidad, de acuerdo a tus necesidades que van surgiendo y creándose en una vida que estás desarrollando.